TIEMPO DE SOÑAR
Los sapiens dominan el mundo porque
solo ellos son capaces de tejer una red intersubjetiva de sentido: una red de
leyes, fuerzas, entidades y lugares que existen puramente en su imaginación
común. Esta red permite que los humanos organicen cruzadas, revoluciones
socialistas y movimientos por los derechos humanos. Es posible que otros
animales también imaginen cosas. Un gato que espera al acecho a un ratón podría
en realidad no ver al ratón, sino tan solo imaginar su forma e incluso su
sabor. Pero, hasta donde sabemos, los gatos únicamente son capaces de imaginar
cosas que existen en el mundo, como los ratones. No pueden imaginar cosas que
nunca han visto u olido o degustado, como el dólar estadounidense, la compañía
Google o la Unión Europea. Solo los sapiens pueden imaginar tales quimeras. En
consecuencia, mientras que los gatos y los demás animales están confinados en
el reino objetivo y solo emplean sus sistemas de comunicación para describir la
realidad, los sapiens utilizan el lenguaje para crear realidades completamente
nuevas. Durante los últimos setenta mil años, las realidades intersubjetivas
que los sapiens inventaron se hicieron cada vez más poderosas, hasta el punto
de que hoy dominan el mundo. ¿Sobrevivirán al siglo XXI los chimpancés, los
elefantes, la selva amazónica y los glaciares árticos? Ello depende de los
deseos y las decisiones de entidades intersubjetivas tales como la Unión
Europea y el Banco Mundial, entidades que solo existen en nuestra imaginación
compartida. No hay otro animal que pueda medirse con nosotros, no porque
carezcan de alma o de mente, sino porque carecen de la imaginación necesaria.
Los leones pueden correr, saltar, morder y desgarrar. Pero no pueden abrir una
cuenta bancaria o poner un pleito. Y en el siglo XXI, un banquero que sepa
poner un pleito es más poderoso que el más feroz de los leones de la sabana. De
la misma manera que separa a los humanos de los demás animales, esta capacidad
de crear entidades intersubjetivas separa también las humanidades de las
ciencias de la vida. Los historiadores buscan comprender el desarrollo de
entidades intersubjetivas como los dioses y las naciones, mientras que los
biólogos difícilmente reconocen la existencia de tales cosas. Algunos creen que
si pudiéramos descifrar el código genético y cartografiar todas y cada una de
las neuronas del cerebro, conoceríamos todos los secretos de la humanidad. A
fin de cuentas, si los humanos no tienen alma y si los pensamientos, emociones
y sensaciones son solo algoritmos bioquímicos, ¿por qué no puede la biología
explicar todos los caprichos de las sociedades humanas? Desde esta perspectiva,
las cruzadas fueron disputas territoriales modeladas por presiones evolutivas,
y los caballeros ingleses que viajaron a Tierra Santa para luchar contra Saladino
no eran muy distintos de los lobos que intentan apropiarse del territorio de
una jauría vecina. Las humanidades, en cambio, ponen énfasis en la importancia
crucial de entidades intersubjetivas, que no pueden reducirse a hormonas y
neuronas. Pensar desde el punto de vista histórico significa adscribir poder
real a los contenidos de nuestros relatos imaginarios. Evidentemente, los
historiadores no obvian los factores objetivos, como los cambios climáticos y
las mutaciones genéticas, pero confieren mucha mayor importancia a los relatos
que la gente inventa y en los que cree. Corea del Norte y Corea del Sur son tan
diferentes entre sí no porque la gente de Pyongyang tenga genes diferentes a
los genes de la gente de Seúl o porque el norte sea más frío y más montañoso.
Ello se debe a que el norte está dominado por ficciones muy distintas. Quizá
algún día los descubrimientos en neurobiología nos permitan explicar el
comunismo y las cruzadas en términos estrictamente bioquímicos, pero estamos
muy lejos de este momento. Durante el siglo XXI es probable que la frontera
entre la historia y la biología se desvanezca, no porque descubramos
explicaciones biológicas de los acontecimientos históricos, sino más bien
porque las ficciones ideológicas reescriban las cadenas de ADN, los intereses
políticos y económicos reescriban el clima, y la geografía de montañas y ríos
dé paso al ciberespacio. A medida que las ficciones humanas se traduzcan en
códigos genéticos y electrónicos, la realidad ínter subjetiva engullirá por
completo la realidad objetiva, y la biología se fusionará con la historia. En
el siglo XXI, la ficción puede, por lo tanto, convertirse en la fuerza más
poderosa de la Tierra, sobrepasando incluso a los asteroides caprichosos y a la
selección natural. De ahí que si queremos entender nuestro futuro, en absoluto
bastará con descifrar genomas y calcular números. También tenemos que descifrar
las ficciones que dan sentido al mundo.
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