SIGUE EL
CAMINO DE BALDOSAS AMARILLAS
Como cualquier otra fuente de autoridad, los sentimientos
también tienen sus limitaciones. El humanismo asume que cada humano tiene un
único yo interior auténtico, pero que cuando intenta escucharlo, a menudo con
lo que se encuentra es o bien el silencio o bien una cacofonía de voces
opuestas. Para superar este problema, el humanismo ha defendido no solo una
nueva fuente de autoridad, sino también un nuevo método para entrar en contacto
con la ella y obtener de este modo el verdadero conocimiento. En la Europa
medieval, la principal fórmula para el saber era la siguiente: CONOCIMIENTO =
ESCRITURAS × LÓGICA.[*] Si queremos conocer la respuesta a alguna pregunta
importante, debemos leer las escrituras y emplear nuestra lógica para
comprender el sentido exacto del texto. Por ejemplo, los estudiosos que querían
saber qué forma tenía la Tierra leían detenidamente la Biblia en busca de
referencias relevantes. Uno de ellos señaló que en Job 38:13 se dice que Dios
«ocupe los extremos de la Tierra y eche fuera a los malhechores». Esto implica,
razonaba el erudito, que puesto que la Tierra tiene «extremos» que se pueden
«ocupar», tiene que ser un cuadrado plano. Otro sabio rechazaba esta
interpretación y llamaba la atención sobre Isaías 40:22, donde se dice que
«está Él sentado sobre el círculo de la tierra». ¿No es esto prueba de que la
Tierra es redonda? En la práctica, esto significaba que los estudiosos buscaban
el conocimiento mientras pasaban años en escuelas y bibliotecas, leyendo cada
vez más textos y aguzando su lógica para poder entenderlos correctamente. La
revolución científica propuso una fórmula muy diferente del conocimiento:
CONOCIMIENTO = DATOS EMPÍRICOS × MATEMÁTICAS. Si queremos conocer la respuesta
a alguna cuestión, en primer lugar necesitamos reunir datos empíricos
relevantes y después emplear herramientas matemáticas para analizarlos. Por
ejemplo, para estimar la forma real de la Tierra, podemos observar el Sol, la
Luna y los planetas desde varias localidades repartidas por todo el mundo. Una
vez hayamos reunido suficientes observaciones, podremos recurrir a la
trigonometría para deducir no solo la forma de la Tierra, sino también la
estructura de todo el sistema solar. En la práctica, esto significa que los
científicos buscan el conocimiento mientras pasan años en observatorios,
laboratorios y expediciones científicas, acopiando cada vez más datos empíricos
y aguzando sus herramientas matemáticas para poder interpretarlos
correctamente. La fórmula científica del conocimiento condujo a asombrosos
descubrimientos en astronomía, física, medicina y numerosas disciplinas más.
Pero tenía un inconveniente enorme: no podía abordar cuestiones de valor y
sentido. Los eruditos medievales podían determinar con absoluta certeza que
asesinar y robar está mal, y que el propósito de la vida humana es cumplir los
mandatos de Dios, porque así lo decían las escrituras. Los científicos no
podían emitir estos juicios éticos. No hay cantidad de datos ni hechicería
matemática que pueda demostrar que asesinar está mal. Pero las sociedades
humanas no pueden sobrevivir sin estos juicios de valor. Una manera de superar
esta dificultad era seguir empleando la vieja fórmula medieval junto con el
nuevo método científico. Cuando nos enfrentamos a un problema práctico (como
determinar la forma de la Tierra, construir un puente o curar una enfermedad),
acopiamos datos empíricos y los analizamos matemáticamente. Cuando nos
enfrentamos a un problema ético (como determinar si hay que permitir el
divorcio, el aborto o la homosexualidad), leemos las escrituras. Esta solución
fue adoptada en cierta medida por numerosas sociedades modernas, desde la Gran
Bretaña victoriana al Irán del siglo XXI. Sin embargo, el humanismo ofrecía una
alternativa. Cuando los humanos adquirieron más confianza en sí mismos,
apareció una nueva fórmula del saber ético: CONOCIMIENTO = EXPERIENCIAS ×
SENSIBILIDAD. Si queremos conocer la respuesta a una cuestión ética,
necesitamos conectar con nuestras experiencias íntimas y observarlas con la
mayor de las sensibilidades. En la práctica, esto significa que buscamos el
conocimiento invirtiendo muchos años en acopiar experiencias y aguzando nuestra
sensibilidad para poder comprender dichas experiencias correctamente. ¿Qué son,
exactamente, las «experiencias»? No son datos empíricos. Una experiencia no
está hecha de átomos, moléculas, proteínas o números. Por el contrario, es un
fenómeno subjetivo que incluye tres ingredientes principales: sensaciones,
emociones y pensamientos. En cualquier momento concreto, mi experiencia comprende
todo lo que perciba (calor, placer, tensión, etcétera), cualquier emoción que
sienta (amor, temor, ira, etcétera) y cualesquiera pensamientos que surjan en
mi mente. ¿Y qué es «sensibilidad»? Significa dos cosas. En primer lugar,
prestar atención a mis sensaciones, emociones y pensamientos. En segundo lugar,
permitir que estas sensaciones, emociones y pensamientos influyan en mí. Doy
por hecho que no debo permitir que cualquier brisa pasajera me lleve. Pero debo
estar abierto a nuevas experiencias y permitir que cambien mis puntos de vista,
mi comportamiento e incluso mi personalidad. Experiencias y sensibilidad se
retroalimentan en un ciclo que nunca acaba. No puedo experimentar nada si no
tengo sensibilidad, y no puedo desarrollar sensibilidad a menos que esté
expuesto a una diversidad de experiencias. La sensibilidad no es una aptitud
abstracta que pueda desarrollarse mediante la lectura de libros o asistiendo a
conferencias. Es una habilidad práctica que puede madurar únicamente si se
aplica a la práctica. Tomemos como ejemplo el té. Empiezo bebiendo té corriente
y muy dulce por la mañana mientras leo el periódico. El té es poco más que una
excusa para proporcionar a mi cuerpo un subidón de azúcar. Un día me doy cuenta
que, entre el azúcar y el periódico, apenas saboreo el té. De modo que reduzco
la cantidad de azúcar, dejo el periódico a un lado, cierro los ojos y me centro
en el té. Al instante empiezo a registrar su aroma y sabor únicos. Pronto me
encuentro experimentando con diferentes tés, negros y verdes, y comparando sus
sabores fuertes y exquisitos y sus buqués delicados. Pasados unos meses,
abandono las marcas del supermercado y compro el té en Harrods. Me gusta en
particular el «Té de excremento de panda», de las montañas de Ya’an en la provincia
de Sichuan, hecho con hojas de árboles de té fertilizados con el estiércol de
pandas. Así es como, de taza en taza, perfecciono mi sensibilidad con el té y
me vuelvo un entendido. Si en mis primeros días de bebedor de té me hubieran
servido té de excremento de panda en una taza de porcelana de la dinastía Ming,
no lo habría apreciado mucho más que un té común en una taza de papel. No se
puede experimentar algo si no se tiene la sensibilidad necesaria, y no se puede
desarrollar esta sensibilidad a menos que se experimente una larga sarta de
experiencias. Y lo mismo que acabamos de decir del té puede afirmarse de todo
el conocimiento estético y ético. No nacemos con una conciencia ya preparada. A
medida que transcurrimos por la vida, herimos a otros y otros nos hieren,
actuamos de manera compasiva y otros nos muestran compasión. Si prestamos
atención, nuestra sensibilidad moral se agudiza, y estas experiencias se
transforman en una fuente de valioso conocimiento ético acerca de lo que es
bueno, de lo que es justo y de quién soy en verdad. Así, el humanismo ve la
vida como un proceso gradual de cambio interior, que lleva de la ignorancia al
esclarecimiento por medio de experiencias. La finalidad superior de la vida
humanista es desarrollar completamente nuestro conocimiento a través de una
gran variedad de experiencias intelectuales, emocionales y físicas. En los
inicios del siglo XIX, Wilhelm von Humboldt (uno de los principales arquitectos
del moderno sistema educativo) dijo que el objetivo de la existencia es «una
destilación de la más amplia experiencia posible de la vida en sabiduría».
También escribió que «Solo hay una cumbre en la vida: haber tomado la medida en
sentimiento de todo lo que es humano». Este bien podría ser el lema humanista.
Según la filosofía china, el mundo se sostiene por la
interacción de fuerzas opuestas pero complementarias llamadas yin y yang. Puede
que esto no pueda aplicarse al mundo físico, pero sí al mundo moderno que ha
sido creado por el contrato entre la ciencia y el humanismo. Cada yang
científico contiene en su interior un yin humanista, y viceversa. El yang nos
proporciona poder, mientras que el yin nos proporciona sentido y juicios
éticos. El yang y el yin de la modernidad son la razón y la emoción, el
laboratorio y el museo, la cadena de producción y el supermercado. La gente
suele ver solo el yang e imagina que el mundo moderno es árido, científico,
lógico y utilitario: igual que un laboratorio o una fábrica. Pero el mundo
moderno también es un supermercado extravagante. En la historia, ninguna
cultura ha concedido nunca tanta importancia a los sentimientos, los deseos y
las experiencias humanas. La concepción humanista de la vida como una serie de
experiencias se ha convertido en el mito fundacional de numerosas industrias
modernas, desde el turismo al arte. Los agentes de viajes y los chefs de
restaurantes no nos venden billetes de avión, hoteles y cenas sofisticadas: nos
venden experiencias nuevas. De forma parecida, mientras que la mayoría de las
narraciones premodernas se centraban en acontecimientos y actos externos, las
novelas, las películas y los poemas modernos suelen girar alrededor de
sentimientos. Las epopeyas grecorromanas y las aventuras caballerescas
medievales eran catálogos de hazañas heroicas, no de sentimientos. Un capítulo
contaba cómo el valiente caballero luchaba contra un ogro monstruoso y lo
mataba. En otro capítulo se relataba cómo el caballero rescataba a una hermosa
princesa presa por un dragón que escupía fuego y lo mataba. Un tercer capítulo narraba
cómo un malvado hechicero secuestraba a la princesa y cómo el caballero
perseguía al hechicero y lo mataba. No sorprendía que el héroe fuera
invariablemente un caballero, en lugar de un carpintero o un campesino, porque
los campesinos no realizaban hazañas heroicas. De manera significativa, los
héroes nunca experimentaban ningún proceso importante de cambio interno.
Aquiles, Arturo, Roldán y Lanzarote eran guerreros intrépidos que ya tenían una
visión caballeresca del mundo antes de que emprendieran sus aventuras, y
seguían siendo guerreros intrépidos con la misma concepción del mundo al final.
Todos los ogros que mataron y todas las princesas que rescataron confirmaron su
coraje y perseverancia, pero en último término les enseñaron pocas cosas. Que el
foco humanista se centrara en los sentimientos y las experiencias, en lugar de
en las hazañas, transformó el arte. A Wordsworth, a Dostoievski, a Dickens y a
Zola les importaban poco los valientes caballeros y sus proezas, y en cambio
describieron cómo se sentía la gente corriente y las amas de casa. Algunas
personas opinan que el Ulises de Joyce representa el apogeo de este foco
moderno en la vida interior en lugar de en los actos externos; en 260 000
palabras, Joyce describe un único día en la vida de los dublineses Stephen
Dedalus y Leopold Bloom, que a lo largo de la jornada hacen…, bueno, no
demasiado. Pocas personas han leído el Ulises de principio a fin, pero los
mismos principios socalzan también gran parte de nuestra cultura popular. En
Estados Unidos, a la serie Survivor a menudo se le ha atribuido (o culpado de)
convertir la telerrealidad en una moda. Survivor fue el primer reality que
llegó al primer puesto de los índices de audiencia Nielsen, y en 2007 la
revista Time lo incluyó entre los cien mejores espectáculos televisivos de
todas las épocas. En cada temporada, se
aísla a veinte aspirantes ataviados con la mínima expresión de traje de baño en
alguna isla tropical. Allí tienen que enfrentarse a todo tipo de retos, y en
cada episodio votan para echar a uno de sus miembros. El que queda último se
lleva un millón de dólares a casa. En la Grecia homérica, en el Imperio romano
o en la Europa medieval, esta idea habría resultado al público familiar y muy
atractiva. Entran veinte contendientes y solo sale un héroe. «¡Maravilloso!»,
habría pensado un príncipe homérico, un patricio romano o un caballero cruzado
mientras se sentaban para contemplar el espectáculo. «A buen seguro vamos a ver
aventuras increíbles, luchas a vida o muerte, y actos de heroísmo y traición
incomparables. Probablemente los guerreros se apuñalarán por la espalda, o
desparramarán sus entrañas para que todos lo vean». ¡Qué decepción! Las
puñaladas por la espalda y las entrañas desparramadas se quedan solo en
metáfora. Cada episodio dura alrededor de una hora. De esta, quince minutos los
ocupan anuncios de dentífricos, champú y cereales. Cinco minutos se dedican a
desafíos increíblemente infantiles, como quién es capaz de lanzar más cocos a
una canasta o quién consigue comer el mayor número de bichos en un minuto. ¡El
resto del tiempo, los «héroes» solo hablan de sus sentimientos! Él dijo y ella
dijo, y yo sentí esto y yo sentí aquello. Si un caballero cruzado se hubiera
sentado ante un televisor para ver Survivor, probablemente habría agarrado el
hacha de combate y habría destrozado el televisor, aburrido y frustrado. En la
actualidad podemos pensar que los caballeros medievales eran brutos
insensibles. Si vivieran entre nosotros, los enviaríamos a un psicólogo, que
podría ayudarlos a entrar en contacto con sus sentimientos. Esto es lo que hace
el Hombre de Hojalata en El mago de Oz. Recorre el camino de baldosas amarillas
con Dorothy y sus amigos, confiando en que cuando lleguen a Oz el gran mago le
dé un corazón, mientras que el Espantapájaros quiere un cerebro y el León desea
valor. Al final de su viaje descubren que el gran mago es un charlatán y que no
puede darles nada de eso. Pero descubren algo mucho más importante: todo lo que
desean ya está en ellos. No se precisa ningún mago divino para obtener
sensibilidad, sabiduría o valor. Solo tenemos que seguir el camino de baldosas
amarillas y abrirnos a cualesquiera experiencias que nos encontremos. La misma
lección, exactamente, aprenden el capitán Kirk y el capitán Jean-Luc Picard
mientras recorren la galaxia en la nave espacial Enterprise, y Tom Sawyer y
Huckelberry Finn mientras descienden por el río Mississippi, y Wyatt y Billy
mientras conducen sus HarleyDavidson en Easy Rider, y otros muchos personajes
en miles de películas de viajes por carretera que se salen de su pueblo natal
de Pennsylvania (o quizá de Nueva Gales del Sur), viajan en un viejo
descapotable (o quizá en un autobús), viven varias experiencias que les
cambiarán la vida, se encuentran a sí mismos, hablan de sus sentimientos y al
final llegan a San Francisco (o quizá a Alice Springs) como individuos mejores
y más sabios.