Hay momentos que pudiera llamar de angustia, son los momentos en que mi capacidad creadora no ha hecho algún descubrimiento, por tanto, se encuentra deambulando casi perdida en situaciones recurrentes, que por ser tales, no tienen aquel destello de lo que pudiera llamar innovador, fuera de la dimensión normal, con que se pudiese distinguir algún suceso sorprendente. Intento en vano buscar entre las situaciones sencillas de la vida, mas sin embargo, mi genio no descubre el argumento extraordinario que pueda hacerme sentir en presencia de un fenómeno intrigante. Intento con palabras llenar el vacío que habita hoy mi intelecto. A veces hasta las palabras se esconden para no contribuir a la obra creadora. Mis sentidos buscan sin cesar algo inquietante en el ambiente; el metro se detiene, de nuevo bajan y suben grupos de personas, algunos intentan, en vano, encontrar un lugar donde poder reposar ese cuerpo cansado, tal ves, de la rutina de este día, o mejor de la rutina de una vida. Para muchos de ellos la rutina es igual, un subir y bajar, un deambular, a veces tristes, a veces alegres, por circunstancias nuevas que les da la vida.
Yo también espero, al igual que todos en la vida, espero sin saber lo que vendrá, por el momento solo hay un proyecto en mi mente, ir a reparar un desperfecto en casa de mi cuñada. Me gusta cuando hago estas cosas, imagino que será porque crean en mi una sensación de utilidad, esa sensación me hace sentir importante, necesario, que se yo, me gusta hacer que algunas cosas funcionen, descubrir los secretos que las hacen funcionar. Imagino que se debe a la creencia que por siglos hemos alimentado, de la existencia de un Dios que ha hecho todo y que de alguna forma controla el mundo.
Es posible que sea esa la idea que alimenta mi satisfacción de reparador, accidental, de situaciones mecánicas.
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