LA RED DEL SENTIDO
A la gente le cuesta entender la
idea de los «órdenes imaginados» porque da por hecho que solo hay dos tipos de
realidades: las realidades objetivas y las realidades subjetivas. En la
realidad objetiva, las cosas existen independientemente de nuestras creencias y
sentimientos. La gravedad, por ejemplo, es una realidad objetiva. Existía mucho
antes de que Newton naciera, y afecta tanto a la gente que no cree en ella como
a la gente que sí cree. En cambio, la realidad subjetiva depende de mis
creencias y sentimientos personales. Así, supongamos que me duele mucho la
cabeza y voy al médico. La doctora me examina con detenimiento, pero no
encuentra nada extraño. De modo que me envía a que me hagan un análisis de
sangre, un análisis de orina, un análisis de ADN, radiografías,
electrocardiogramas, una fMRI (Resonancia Magnética) y otra serie de trámites.
Cuando llegan los resultados, me dice que estoy perfectamente sano y que puedo
irme a casa. Pero yo sigo sintiendo un fuerte dolor en la cabeza. Aunque
pruebas muy objetivas no han encontrado nada extraño en mí y aunque nadie que
no sea yo siente el dolor, para mí el dolor es cien por cien real. La mayoría
de la gente presume que la realidad es o bien objetiva o bien subjetiva, y que
no hay una tercera opción. De ahí que cuando se convencen de que algo no es
solo un sentimiento subjetivo, llegan a la conclusión de que tiene que ser
objetivo. Si hay mucha gente que cree en Dios, si el dinero hace que el mundo
gire, y si el nacionalismo inicia guerras y construye imperios…, todo ello no
es solo una creencia subjetiva mía. Por lo tanto, Dios, el dinero y las
naciones deben de ser realidades objetivas. Sin embargo, hay un tercer nivel de
realidad: el nivel intersubjetivo. Las entidades intersubjetivas dependen de la
comunicación entre muchos humanos y no de las creencias y sentimientos de
individuos humanos. Muchos de los agentes más importantes de la historia son
intersubjetivos. El dinero, por ejemplo, no tiene valor objetivo. No podemos
comer, beber ni vestirnos con un billete de un dólar. Pero mientras millones de
personas crean en su valor, lo podemos utilizar para comprar comida, bebidas y
ropa. Si el panadero pierde de pronto su fe en el dólar y rehúsa darme una
hogaza de pan a cambio de este trozo de papel verde, no importa mucho.
Simplemente, puedo ir al supermercado más cercano, unas manzanas más allá. Sin
embargo, si las cajeras del supermercado también rehúsan aceptar este trozo de
papel, y lo mismo hacen los vendedores ambulantes del mercado y los
dependientes del centro comercial, entonces el dólar perderá su valor. Los
trozos de papel verde seguirán existiendo, desde luego, pero no tendrán ningún
valor. Estas cosas ocurren en verdad de cuando en cuando. El 3 de noviembre de
1985, el gobierno de Myanmar (o Burma país del sudeste asiático) anunció
inesperadamente que los billetes de 25, 50 y 100 kyats ya no eran moneda legal.
A la gente no se le dio la oportunidad de cambiar los billetes, y los ahorros
de toda una vida se convirtieron instantáneamente en montones de papel inútil.
Para reemplazar los que habían quedado fuera de circulación, el gobierno emitió
nuevos billetes de 75 kyats, supuestamente en honor del septuagésimo quinto
aniversario del dictador de Myanmar, el general Ne Win. En agosto de 1986 se
emitieron billetes de 15 y 35 kyats. Los rumores indicaban que el dictador, que
tenía una enorme fe en la numerología, creía que el 15 y el 35 son números de
la suerte. No supusieron mucha suerte para sus súbditos. El 5 de septiembre de
1987, el gobierno decretó sin más que todos los billetes de 15 y 35 kyats ya no
eran moneda. El valor del dinero no es lo único que puede evaporarse cuando la
gente deja de creer en ello. Lo mismo puede ocurrir con leyes, dioses e incluso
imperios enteros. En un momento dado están atareados modelando el mundo, y al
siguiente ya no existen. Zeus y Hera fueron antaño poderes importantes en la
cuenca del Mediterráneo, pero actualmente carecen de toda autoridad, porque
nadie cree en ellos. La Unión Soviética podía haber destruido antaño a toda la
especie humana, pero dejó de existir de un plumazo. A las dos de la tarde del 8
de diciembre de 1991, en una dacha estatal (especie
de casa de veraneo rusa) cerca de Viskuli, los líderes de Rusia, Ucrania y
Bielorrusia firmaron los Acuerdos de Belavezha, que declaraban: «Nosotros, la
República de Bielorrusia, la Federación Rusa y Ucrania, como estados fundadores
de la URSS que firmaron el tratado de unión de 1922, por la presente
establecemos que la URSS, como sujeto de ley internacional y realidad
geopolítica, deja de existir». Y eso fue todo. Ya no había Unión Soviética. Es
relativamente fácil aceptar que el dinero es una realidad intersubjetiva. La
mayoría de la gente también está dispuesta a reconocer que los antiguos dioses
griegos, los imperios del mal y los valores de las culturas ajenas existen
únicamente en la imaginación. Pero no queremos aceptar que nuestro Dios,
nuestra nación o nuestros valores sean meras ficciones, porque estas cosas dan
sentido a nuestra vida. Queremos creer que nuestra vida tiene algún sentido
objetivo, y que nuestros sacrificios son importantes para algo que trascienda
las historias que habitan nuestra cabeza. Pero, en realidad, la vida de la
mayoría de las personas tiene sentido únicamente dentro de la red de historias
que se cuentan las unas a las otras. El sentido se crea cuando muchas personas
entretejen conjuntamente una red común de historias. ¿Por qué le encuentro
sentido a un acto concreto (como por ejemplo casarse por la Iglesia, ayunar en
el ramadán o votar el día de las elecciones)? Porque mis padres también creen
que es significativo, al igual que mis hermanos, mis vecinos, la gente de
ciudades cercanas e incluso los residentes de países lejanos. ¿Y por qué toda
esa gente cree que tiene sentido? Porque sus amigos y vecinos comparten también
esa misma opinión. La gente refuerza constantemente las creencias del otro en
un bucle que se perpetúa a sí mismo. Cada ronda de confirmación mutua estrecha
aún más la red de sentido, hasta que uno no tiene más opción que creer lo que
todos los demás creen.
Sin embargo, con el transcurso de
décadas y siglos, la red de sentido se desenreda y en su lugar se teje una
nueva red. Estudiar historia implica contemplar cómo estas redes se tejen y se
destejen, y comprender que lo que en una época a la gente le parece lo más
importante de su vida se vuelve totalmente absurdo para sus descendientes. En
1187, Saladino derrotó al ejército de cruzados en la batalla de Hattin y
conquistó Jerusalén. En respuesta, el Papa puso en marcha la Tercera Cruzada
para reconquistar la ciudad sagrada. Imagine el lector a un joven noble inglés
llamado John que abandonara el hogar para ir a luchar contra Saladino. John
creía que sus actos tenían un sentido objetivo. Creía que si moría en la
cruzada, su alma ascendería después al cielo, donde gozaría de una dicha
celestial eterna. Se habría sentido horrorizado al descubrir que el alma y el
cielo son solo historias inventadas por los humanos. John creía a pies juntillas
que si llegaba a Tierra Santa, y si algún guerrero musulmán con un gran bigote
le atizaba con un hacha en la cabeza, sentiría un dolor insoportable, le
atronarían los oídos, le flaquearían las piernas y se le nublaría la visión…, y
que en el instante inmediatamente posterior vería una luz brillante en
derredor, oiría voces angelicales y arpas melodiosas, y querubines alados y
radiantes le indicarían que cruzara una magnífica entrada dorada. John tenía
una fe muy sólida en todo esto, porque estaba enmarañado en una red de sentido extremadamente
densa y poderosa. Sus recuerdos más antiguos eran los de la herrumbrosa espada
del abuelo Henry, que colgaba en el salón principal del castillo. Desde que era
niño, John había oído los relatos del abuelo Henry, que murió en la Segunda
Cruzada y que desde entonces estaba sentado con los ángeles en el cielo,
velando por John y su familia. Cuando los trovadores visitaban el castillo,
solían cantar acerca de los valientes cruzados que habían luchado en Tierra
Santa. Cuando John iba a la iglesia, le gustaba contemplar los vitrales de las
ventanas. Uno de ellos mostraba a Godofredo de Bouillon montado a caballo y
ensartando con su lanza a un musulmán de aspecto malvado. Otro ilustraba las
almas de los pecadores ardiendo en el infierno. John escuchaba con atención al
sacerdote de su parroquia, el hombre más sabio que conocía. Casi todos los
domingos, el sacerdote explicaba (ayudándose de parábolas bien construidas y
divertidas bromas) que no había salvación fuera de la Iglesia católica, que el
Papa de Roma era nuestro santo padre y que teníamos que obedecer siempre sus
órdenes. Si matábamos o robábamos, Dios nos enviaría al infierno; pero si
matábamos a musulmanes infieles, Dios nos recibiría en el cielo. Un día, cuando
John acababa de cumplir los dieciocho años, un caballero desaliñado cabalgó
hasta la verja del castillo y, con voz ahogada, anunció la noticia: «¡Saladino
ha destruido al ejército cruzado en Hattin! ¡Jerusalén ha caído! ¡El Papa ha
declarado una nueva cruzada y ha prometido la salvación eterna a quien muera en
ella!». La gente que lo rodeaba se quedó conmovida y preocupada, pero a John se
le iluminó la cara con un resplandor sobrenatural, y proclamó: «¡Iré a luchar
contra los infieles y a liberar Tierra Santa!». Todos permanecieron en silencio
un momento, y después sonrisas y lágrimas aparecieron en sus rostros. Su madre
se enjugó las lágrimas, dio a John un fuerte abrazo y le dijo lo orgullosa que
estaba de él. Su padre le dio una fuerte palmada en la espalda y le dijo: «Si
tuviera tu edad, hijo, me sumaría a ti. El honor de nuestra familia está en
juego… ¡Estoy seguro de que no nos decepcionarás!». Dos de sus amigos
anunciaron que ellos también irían. Incluso el rival declarado de John, el
barón del otro lado del río, le hizo una visita para desearle buena suerte.
Cuando abandonó el castillo, los aldeanos salieron de sus chozas para
despedirle, y todas las chicas bonitas miraron anhelantes al valiente cruzado
que se iba a luchar contra los infieles. Se hizo a la mar en Inglaterra y más
tarde se abrió paso a través de tierras extrañas y distantes (Normandía,
Provenza, Sicilia), y por el camino se le unieron bandas de caballeros
extranjeros, todos ellos con el mismo destino y la misma fe. Cuando el ejército
desembarcó finalmente en Tierra Santa y entabló batalla con las huestes de
Saladino, John quedó asombrado al descubrir que incluso los malvados sarracenos
compartían sus creencias. Cierto, estaban un poco confundidos y creían que los
cristianos eran los infieles y que los musulmanes obedecían la voluntad de
Dios. Pero también ellos aceptaban el principio básico de que los que luchaban
por Dios y Jerusalén irían directamente al cielo cuando murieran. De esta
manera, hilo a hilo, la civilización medieval tejió su red de sentido,
atrapando en ella como a moscas a John y a sus contemporáneos. Para John era
inconcebible que todas estas historias no fueran más que fantasías de la
imaginación. Quizá sus padres y tíos estaban equivocados, pero ¿acaso también
lo estaban los trovadores, y todos sus amigos, y las chicas de la aldea, y el
sabio sacerdote, y el barón del otro lado del río, y el Papa de Roma, y los
caballeros provenzales y sicilianos, e incluso los mismos musulmanes? ¿Era
posible que todos ellos estuvieran alucinando?
Y los años pasan. A medida que el
historiador observa, la red de sentido se desenmaraña, y otra se teje en su
lugar. Los padres de John mueren, y después, todos sus hermanos y amigos. En
lugar de trovadores dedicados a cantar las cruzadas, la nueva moda son obras de
teatro sobre trágicas aventuras amorosas. El castillo familiar arde hasta los
cimientos, y cuando se reconstruye, no queda rastro de la espada del abuelo
Henry. Las ventanas de la iglesia se hacen añicos en una tormenta invernal, y
el vidrio que las sustituye ya no retrata a Godofredo de Bouillon y a los
pecadores en el infierno, sino el gran triunfo del rey de Inglaterra sobre el
rey de Francia. El sacerdote ya no llama al Papa «nuestro santo padre»: ahora
se refiere a él como «aquel demonio de Roma». En una universidad cercana, los
estudiosos leen atentamente antiguos manuscritos griegos, diseccionan cadáveres
y susurran en voz baja y a puerta cerrada que quizá eso que llamamos alma no
exista. Y los años siguen pasando. Donde antaño se erguía el castillo, ahora
hay un centro comercial. En el cine proyectan por enésima vez Monty Python y el
Santo Grial. En una iglesia vacía, un aburrido vicario se alegra sobremanera al
ver a dos turistas japoneses. Les explica con detalle el significado de los
vitrales de las ventanas mientras ellos sonríen educadamente y asienten sin
entender nada en absoluto. En las escalinatas exteriores, una pandilla de
adolescentes juega con sus iPhone. Miran en YouTube un nuevo remix de
«Imagine», de John Lennon. «Imagina que no hay cielo —canta Lennon—, es fácil
si lo intentas». Un barrendero paquistaní barre las aceras mientras una radio
cercana retransmite las noticias: las matanzas en Siria continúan, y la reunión
del Consejo de Seguridad ha acabado en un punto muerto. De pronto se abre un
agujero en el tiempo y un misterioso rayo de luz ilumina la cara de uno de los
adolescentes, que anuncia: «¡Voy a luchar contra los infieles y a liberar
Tierra Santa!». ¿Infieles y Tierra Santa? Estas palabras ya no tienen ningún sentido
para la mayoría de la gente en la Inglaterra de hoy en día. Incluso el vicario
probablemente pensaría que el adolescente padece algún tipo de episodio
psicótico. En cambio, si un joven inglés decidiera unirse a Amnistía
Internacional y viajar hasta Siria para proteger los derechos humanos de los
refugiados, sería considerado un héroe. En la Edad Media, la gente pensaría que
se habría vuelto majareta. Nadie en la Inglaterra del siglo XII sabía qué eran
los derechos humanos. ¿Quieres viajar a Oriente Medio y arriesgar tu vida, no
para matar musulmanes, sino para proteger a un grupo de musulmanes de otro?
Tienes que haberte vuelto loco. Así es como se desarrolla la historia. La gente
teje una red de sentido, cree en ella con todo su corazón, pero más pronto o
más tarde la red se desenmaraña, y cuando miramos atrás, no podemos entender
cómo nadie pudo haberla tomado en serio. En retrospectiva, ir a las cruzadas
con la esperanza de alcanzar el paraíso parece una locura total. En
retrospectiva, la Guerra Fría parece una locura todavía mayor. ¿Cómo es posible
que hace treinta años la gente estuviera dispuesta a arriesgarse a sufrir un
holocausto nuclear por creer en un paraíso comunista? Dentro de cien años,
nuestra creencia en la democracia y en los derechos humanos quizá les parezca
igualmente incomprensible a nuestros descendientes.
Estamos llegando a una etapa en que los derechos humanos están en consideración con respecto a los derechos de la naturaleza. Quizás como somos humanos los que podemos escribir tendamos a creer más en nuestros derechos, que en los de cualquier otra cuestión llámese esta naturaleza o no.
Estamos llegando a una etapa en que los derechos humanos están en consideración con respecto a los derechos de la naturaleza. Quizás como somos humanos los que podemos escribir tendamos a creer más en nuestros derechos, que en los de cualquier otra cuestión llámese esta naturaleza o no.
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