Monday, August 14, 2017

LA RED DEL SENTIDO
A la gente le cuesta entender la idea de los «órdenes imaginados» porque da por hecho que solo hay dos tipos de realidades: las realidades objetivas y las realidades subjetivas. En la realidad objetiva, las cosas existen independientemente de nuestras creencias y sentimientos. La gravedad, por ejemplo, es una realidad objetiva. Existía mucho antes de que Newton naciera, y afecta tanto a la gente que no cree en ella como a la gente que sí cree. En cambio, la realidad subjetiva depende de mis creencias y sentimientos personales. Así, supongamos que me duele mucho la cabeza y voy al médico. La doctora me examina con detenimiento, pero no encuentra nada extraño. De modo que me envía a que me hagan un análisis de sangre, un análisis de orina, un análisis de ADN, radiografías, electrocardiogramas, una fMRI (Resonancia Magnética) y otra serie de trámites. Cuando llegan los resultados, me dice que estoy perfectamente sano y que puedo irme a casa. Pero yo sigo sintiendo un fuerte dolor en la cabeza. Aunque pruebas muy objetivas no han encontrado nada extraño en mí y aunque nadie que no sea yo siente el dolor, para mí el dolor es cien por cien real. La mayoría de la gente presume que la realidad es o bien objetiva o bien subjetiva, y que no hay una tercera opción. De ahí que cuando se convencen de que algo no es solo un sentimiento subjetivo, llegan a la conclusión de que tiene que ser objetivo. Si hay mucha gente que cree en Dios, si el dinero hace que el mundo gire, y si el nacionalismo inicia guerras y construye imperios…, todo ello no es solo una creencia subjetiva mía. Por lo tanto, Dios, el dinero y las naciones deben de ser realidades objetivas. Sin embargo, hay un tercer nivel de realidad: el nivel intersubjetivo. Las entidades intersubjetivas dependen de la comunicación entre muchos humanos y no de las creencias y sentimientos de individuos humanos. Muchos de los agentes más importantes de la historia son intersubjetivos. El dinero, por ejemplo, no tiene valor objetivo. No podemos comer, beber ni vestirnos con un billete de un dólar. Pero mientras millones de personas crean en su valor, lo podemos utilizar para comprar comida, bebidas y ropa. Si el panadero pierde de pronto su fe en el dólar y rehúsa darme una hogaza de pan a cambio de este trozo de papel verde, no importa mucho. Simplemente, puedo ir al supermercado más cercano, unas manzanas más allá. Sin embargo, si las cajeras del supermercado también rehúsan aceptar este trozo de papel, y lo mismo hacen los vendedores ambulantes del mercado y los dependientes del centro comercial, entonces el dólar perderá su valor. Los trozos de papel verde seguirán existiendo, desde luego, pero no tendrán ningún valor. Estas cosas ocurren en verdad de cuando en cuando. El 3 de noviembre de 1985, el gobierno de Myanmar (o Burma país del sudeste asiático) anunció inesperadamente que los billetes de 25, 50 y 100 kyats ya no eran moneda legal. A la gente no se le dio la oportunidad de cambiar los billetes, y los ahorros de toda una vida se convirtieron instantáneamente en montones de papel inútil. Para reemplazar los que habían quedado fuera de circulación, el gobierno emitió nuevos billetes de 75 kyats, supuestamente en honor del septuagésimo quinto aniversario del dictador de Myanmar, el general Ne Win. En agosto de 1986 se emitieron billetes de 15 y 35 kyats. Los rumores indicaban que el dictador, que tenía una enorme fe en la numerología, creía que el 15 y el 35 son números de la suerte. No supusieron mucha suerte para sus súbditos. El 5 de septiembre de 1987, el gobierno decretó sin más que todos los billetes de 15 y 35 kyats ya no eran moneda. El valor del dinero no es lo único que puede evaporarse cuando la gente deja de creer en ello. Lo mismo puede ocurrir con leyes, dioses e incluso imperios enteros. En un momento dado están atareados modelando el mundo, y al siguiente ya no existen. Zeus y Hera fueron antaño poderes importantes en la cuenca del Mediterráneo, pero actualmente carecen de toda autoridad, porque nadie cree en ellos. La Unión Soviética podía haber destruido antaño a toda la especie humana, pero dejó de existir de un plumazo. A las dos de la tarde del 8 de diciembre de 1991, en una dacha  estatal (especie de casa de veraneo rusa) cerca de Viskuli, los líderes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia firmaron los Acuerdos de Belavezha, que declaraban: «Nosotros, la República de Bielorrusia, la Federación Rusa y Ucrania, como estados fundadores de la URSS que firmaron el tratado de unión de 1922, por la presente establecemos que la URSS, como sujeto de ley internacional y realidad geopolítica, deja de existir». Y eso fue todo. Ya no había Unión Soviética. Es relativamente fácil aceptar que el dinero es una realidad intersubjetiva. La mayoría de la gente también está dispuesta a reconocer que los antiguos dioses griegos, los imperios del mal y los valores de las culturas ajenas existen únicamente en la imaginación. Pero no queremos aceptar que nuestro Dios, nuestra nación o nuestros valores sean meras ficciones, porque estas cosas dan sentido a nuestra vida. Queremos creer que nuestra vida tiene algún sentido objetivo, y que nuestros sacrificios son importantes para algo que trascienda las historias que habitan nuestra cabeza. Pero, en realidad, la vida de la mayoría de las personas tiene sentido únicamente dentro de la red de historias que se cuentan las unas a las otras. El sentido se crea cuando muchas personas entretejen conjuntamente una red común de historias. ¿Por qué le encuentro sentido a un acto concreto (como por ejemplo casarse por la Iglesia, ayunar en el ramadán o votar el día de las elecciones)? Porque mis padres también creen que es significativo, al igual que mis hermanos, mis vecinos, la gente de ciudades cercanas e incluso los residentes de países lejanos. ¿Y por qué toda esa gente cree que tiene sentido? Porque sus amigos y vecinos comparten también esa misma opinión. La gente refuerza constantemente las creencias del otro en un bucle que se perpetúa a sí mismo. Cada ronda de confirmación mutua estrecha aún más la red de sentido, hasta que uno no tiene más opción que creer lo que todos los demás creen.
 Sin embargo, con el transcurso de décadas y siglos, la red de sentido se desenreda y en su lugar se teje una nueva red. Estudiar historia implica contemplar cómo estas redes se tejen y se destejen, y comprender que lo que en una época a la gente le parece lo más importante de su vida se vuelve totalmente absurdo para sus descendientes. En 1187, Saladino derrotó al ejército de cruzados en la batalla de Hattin y conquistó Jerusalén. En respuesta, el Papa puso en marcha la Tercera Cruzada para reconquistar la ciudad sagrada. Imagine el lector a un joven noble inglés llamado John que abandonara el hogar para ir a luchar contra Saladino. John creía que sus actos tenían un sentido objetivo. Creía que si moría en la cruzada, su alma ascendería después al cielo, donde gozaría de una dicha celestial eterna. Se habría sentido horrorizado al descubrir que el alma y el cielo son solo historias inventadas por los humanos. John creía a pies juntillas que si llegaba a Tierra Santa, y si algún guerrero musulmán con un gran bigote le atizaba con un hacha en la cabeza, sentiría un dolor insoportable, le atronarían los oídos, le flaquearían las piernas y se le nublaría la visión…, y que en el instante inmediatamente posterior vería una luz brillante en derredor, oiría voces angelicales y arpas melodiosas, y querubines alados y radiantes le indicarían que cruzara una magnífica entrada dorada. John tenía una fe muy sólida en todo esto, porque estaba enmarañado en una red de sentido extremadamente densa y poderosa. Sus recuerdos más antiguos eran los de la herrumbrosa espada del abuelo Henry, que colgaba en el salón principal del castillo. Desde que era niño, John había oído los relatos del abuelo Henry, que murió en la Segunda Cruzada y que desde entonces estaba sentado con los ángeles en el cielo, velando por John y su familia. Cuando los trovadores visitaban el castillo, solían cantar acerca de los valientes cruzados que habían luchado en Tierra Santa. Cuando John iba a la iglesia, le gustaba contemplar los vitrales de las ventanas. Uno de ellos mostraba a Godofredo de Bouillon montado a caballo y ensartando con su lanza a un musulmán de aspecto malvado. Otro ilustraba las almas de los pecadores ardiendo en el infierno. John escuchaba con atención al sacerdote de su parroquia, el hombre más sabio que conocía. Casi todos los domingos, el sacerdote explicaba (ayudándose de parábolas bien construidas y divertidas bromas) que no había salvación fuera de la Iglesia católica, que el Papa de Roma era nuestro santo padre y que teníamos que obedecer siempre sus órdenes. Si matábamos o robábamos, Dios nos enviaría al infierno; pero si matábamos a musulmanes infieles, Dios nos recibiría en el cielo. Un día, cuando John acababa de cumplir los dieciocho años, un caballero desaliñado cabalgó hasta la verja del castillo y, con voz ahogada, anunció la noticia: «¡Saladino ha destruido al ejército cruzado en Hattin! ¡Jerusalén ha caído! ¡El Papa ha declarado una nueva cruzada y ha prometido la salvación eterna a quien muera en ella!». La gente que lo rodeaba se quedó conmovida y preocupada, pero a John se le iluminó la cara con un resplandor sobrenatural, y proclamó: «¡Iré a luchar contra los infieles y a liberar Tierra Santa!». Todos permanecieron en silencio un momento, y después sonrisas y lágrimas aparecieron en sus rostros. Su madre se enjugó las lágrimas, dio a John un fuerte abrazo y le dijo lo orgullosa que estaba de él. Su padre le dio una fuerte palmada en la espalda y le dijo: «Si tuviera tu edad, hijo, me sumaría a ti. El honor de nuestra familia está en juego… ¡Estoy seguro de que no nos decepcionarás!». Dos de sus amigos anunciaron que ellos también irían. Incluso el rival declarado de John, el barón del otro lado del río, le hizo una visita para desearle buena suerte. Cuando abandonó el castillo, los aldeanos salieron de sus chozas para despedirle, y todas las chicas bonitas miraron anhelantes al valiente cruzado que se iba a luchar contra los infieles. Se hizo a la mar en Inglaterra y más tarde se abrió paso a través de tierras extrañas y distantes (Normandía, Provenza, Sicilia), y por el camino se le unieron bandas de caballeros extranjeros, todos ellos con el mismo destino y la misma fe. Cuando el ejército desembarcó finalmente en Tierra Santa y entabló batalla con las huestes de Saladino, John quedó asombrado al descubrir que incluso los malvados sarracenos compartían sus creencias. Cierto, estaban un poco confundidos y creían que los cristianos eran los infieles y que los musulmanes obedecían la voluntad de Dios. Pero también ellos aceptaban el principio básico de que los que luchaban por Dios y Jerusalén irían directamente al cielo cuando murieran. De esta manera, hilo a hilo, la civilización medieval tejió su red de sentido, atrapando en ella como a moscas a John y a sus contemporáneos. Para John era inconcebible que todas estas historias no fueran más que fantasías de la imaginación. Quizá sus padres y tíos estaban equivocados, pero ¿acaso también lo estaban los trovadores, y todos sus amigos, y las chicas de la aldea, y el sabio sacerdote, y el barón del otro lado del río, y el Papa de Roma, y los caballeros provenzales y sicilianos, e incluso los mismos musulmanes? ¿Era posible que todos ellos estuvieran alucinando?

Y los años pasan. A medida que el historiador observa, la red de sentido se desenmaraña, y otra se teje en su lugar. Los padres de John mueren, y después, todos sus hermanos y amigos. En lugar de trovadores dedicados a cantar las cruzadas, la nueva moda son obras de teatro sobre trágicas aventuras amorosas. El castillo familiar arde hasta los cimientos, y cuando se reconstruye, no queda rastro de la espada del abuelo Henry. Las ventanas de la iglesia se hacen añicos en una tormenta invernal, y el vidrio que las sustituye ya no retrata a Godofredo de Bouillon y a los pecadores en el infierno, sino el gran triunfo del rey de Inglaterra sobre el rey de Francia. El sacerdote ya no llama al Papa «nuestro santo padre»: ahora se refiere a él como «aquel demonio de Roma». En una universidad cercana, los estudiosos leen atentamente antiguos manuscritos griegos, diseccionan cadáveres y susurran en voz baja y a puerta cerrada que quizá eso que llamamos alma no exista. Y los años siguen pasando. Donde antaño se erguía el castillo, ahora hay un centro comercial. En el cine proyectan por enésima vez Monty Python y el Santo Grial. En una iglesia vacía, un aburrido vicario se alegra sobremanera al ver a dos turistas japoneses. Les explica con detalle el significado de los vitrales de las ventanas mientras ellos sonríen educadamente y asienten sin entender nada en absoluto. En las escalinatas exteriores, una pandilla de adolescentes juega con sus iPhone. Miran en YouTube un nuevo remix de «Imagine», de John Lennon. «Imagina que no hay cielo —canta Lennon—, es fácil si lo intentas». Un barrendero paquistaní barre las aceras mientras una radio cercana retransmite las noticias: las matanzas en Siria continúan, y la reunión del Consejo de Seguridad ha acabado en un punto muerto. De pronto se abre un agujero en el tiempo y un misterioso rayo de luz ilumina la cara de uno de los adolescentes, que anuncia: «¡Voy a luchar contra los infieles y a liberar Tierra Santa!». ¿Infieles y Tierra Santa? Estas palabras ya no tienen ningún sentido para la mayoría de la gente en la Inglaterra de hoy en día. Incluso el vicario probablemente pensaría que el adolescente padece algún tipo de episodio psicótico. En cambio, si un joven inglés decidiera unirse a Amnistía Internacional y viajar hasta Siria para proteger los derechos humanos de los refugiados, sería considerado un héroe. En la Edad Media, la gente pensaría que se habría vuelto majareta. Nadie en la Inglaterra del siglo XII sabía qué eran los derechos humanos. ¿Quieres viajar a Oriente Medio y arriesgar tu vida, no para matar musulmanes, sino para proteger a un grupo de musulmanes de otro? Tienes que haberte vuelto loco. Así es como se desarrolla la historia. La gente teje una red de sentido, cree en ella con todo su corazón, pero más pronto o más tarde la red se desenmaraña, y cuando miramos atrás, no podemos entender cómo nadie pudo haberla tomado en serio. En retrospectiva, ir a las cruzadas con la esperanza de alcanzar el paraíso parece una locura total. En retrospectiva, la Guerra Fría parece una locura todavía mayor. ¿Cómo es posible que hace treinta años la gente estuviera dispuesta a arriesgarse a sufrir un holocausto nuclear por creer en un paraíso comunista? Dentro de cien años, nuestra creencia en la democracia y en los derechos humanos quizá les parezca igualmente incomprensible a nuestros descendientes.
Estamos llegando a una etapa en que los derechos humanos están en consideración con respecto a los derechos de la naturaleza. Quizás como somos humanos los que podemos escribir tendamos a creer más en nuestros derechos, que en los de cualquier otra cuestión llámese esta naturaleza o no.

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