Antología de la vida
SXM, jueves 2 de abril de 2020
Encontrar el sentido a la vida es
el objetivo de vivir, porque aunque viva por inercia durante gran parte de mi
experimento vivencial, llegó el momento en que comienzo a buscar un sentido que
dé significado a mi vida.
Quizá sea por la creencia de que
todo está próximo a terminar, ya que mi cuerpo se ha ido deteriorando y ha
perdido ciertas capacidades, esa falta de capacidad me lleva a emprender otras
búsquedas, por ejemplo, intentar conocer mejor el cerebro, descubrir las
metáforas que están siempre inmersas dentro de este experimento.
Asumo, por tanto, mi relación con
el todo, ese todo que creo es Dios y del cual también yo formo parte. Entonces
me da por imaginar que estando Dios ocioso, y meditando como lo hago yo a veces,
se pregunto ¿Por qué no crear algo que pudiera divertir mi ocio? Pero, que
tengo para crear lo que deseo, buscó a su alrededor y no había nada, solo
existía él, Dios. Entonces tomó un pedazo de sí mismo y comenzó a crear el
universo. Quizá sea por eso que las sagradas escrituras hablan de haber creado
a su imagen y semejanza. No solo al hombre sino al universo entero, el hombre
es solo una pequeña parte de ese universo, tal vez la parte conciente, porque
es capaz de hacerse preguntas, e intentar responderlas, pero contiene en sí mismo la esencia de Dios,
al igual que todas las cosas la poseen. Es lo que podría llamar una ontología
de Dios.
Nosotros, como el resto del reino
animal fuimos dotados de sentidos, o de una especie de habilidades que nosotros
los humanos llamamos sentidos, y que en otras especies se han desarrollado más
o menos. Igual que ciertas especies nosotros también desarrollamos destrezas
con nuestros sentidos, pero dependiendo de la capacidad que pudiésemos tener
desde jóvenes, debido a la educación desarrollada, esas capacidades sensoriales
pudieran ser más o menos en cada individuo.
Cuando somos capaces de entender
una música, pero no porque tengamos las palabras para describirla, más bien por
tener la sensación que la música da a nuestro sentido, incidiendo en nuestro
cerebro de una forma tal que lo lleve a impartir una orden a una glándula para que
produzca una hormona que generará la química apropiada para que nuestro
organismo tenga una sensación determinada. O cuando vemos al mar que viene una
y otra vez, y se encuentra con la arena, esa que una vez fue roca y el mar con
su constancia de golpearla una y otra y otra vez, la transformó en esa arena en
la que él viene frecuentemente a demostrar su estado de ánimo, y así lo hará
una y otra vez. A lo mejor es por eso que yo me retiro a veces para luego
regresar, aunque no siempre con el mismo ánimo.
Fue así pues que pienso yo, que
se creó el universo, con elementos de Dios, que los mezcló y los mezcló, y de
esa forma formo a todito el universo. A mi madre la creo y a la madre de mi
padre, unió a mi madre y mi padre, e hizo mi concepción, ellos intentaban,
hacer a Dios de su unión, quizás ni lo imaginaban, más lo hacían por instinto,
el instinto de la unión que existe en el universo, aunque cada cual girando en
órbitas diferentes. Será por este orbitar que a veces los hermanos a pesar de
serlo, tenemos distintos caminos, pero siempre todos vamos rumbo al mismo
destino.
Quizás la muerte nos una, de
nuevo en un mismo Dios, ninguno seremos aparte, como lo fuimos en vida, ahora
todos mezclados como era en un principio cuando Dios creó la vida y también
creo la muerte, para recuperar su esencia, la que uso en la creación.
Pero por qué ese miedo a la
muerte. A lo mejor porque la imaginamos con el cese de nuestras acciones en la
tierra, acciones que por demás nos parecen muy importantes, y es esa
importancia que creemos que tienen nuestras acciones lo que nos genera ese miedo
a la muerte. Pero la muerte es evento sin precedentes, asumimos morir como el
término de una actividad importante de nuestra vida. Quizás el hecho de habernos
acostumbrado a vivir y tener una rutina que cumplimos cada día, nos hace sentir
mucha aprensión por la muerte. Pero la muerte también significa el final, pero
no solo de las cosas que consideramos buenas, sino también de aquellas que no
lo son tanto. Para muchas personas afligidas por los dolores e incomodidades de
una enfermedad, la muerte es un aliciente a todo esto.
Para nosotros aquellos que
habitamos en el mundo industrializado, el ocio es visto como algo
inconveniente, por lo tanto algo malo. Pero más que nada porque al igual que el
resto del reino animal, tendemos a la satisfacción de las necesidades
corporales, sobre todo aquellas que tienen que ver con la ingesta de alimentos
y el sexo, las otras necesidades pudiesen llamarse secundarias. Para todo el
reino animal es igual, comer aparearse y descansar, para luego comenzar de
nuevo el ciclo una vez más. El asunto es que en nuestra sociedad
industrializada, para lograr esos objetivos, alimentarse y aparearse es
necesario producir de alguna manera para obtener los términos de intercambio
que podremos usar en el mercado, es decir, el dinero. Como igual que los otros
animales dedican mucho tiempo a satisfacer estos impulsos, debemos por tanto dedicar
mucho tiempo al trabajo y la obtención de bienes de capital que nos permitan
satisfacer una necesidad que se nos torna insaciable. Nunca tenemos lo
suficiente para retirarnos, es siempre necesario más. Al parecer los seres
vivos somos unos seres insaciables. Este sentido de insatisfacción lo vamos a
tener en todas las cosas que nos hacen sentir bien de una u otra forma. De la
misma forma que la vaca siempre estará pastando y pastando y solo teniendo un
momento de descanso cuando el agotamiento le pide al cuerpo que detenga por
algún tiempo se ímpetu alimenticio para iniciar el descanso que permitirá
recuperar las energías para volver a la rutina alimenticia o de apareamiento.
El cerebro tiende así a buscar su
comodidad, por lo que establecer patrones rutinarios es algo cómodo, en
comparación con lo que pudiera ser el hecho de hacer algo nuevo cada día, que
implicaría un aprendizaje nuevo cada vez. Es por esto que los momentos de ocio
el cerebro los toma como momentos inconvenientes, y para el ser humano
desacostumbrado a tales momentos, como algo fastidioso y de cierta forma
agotador. Pero lo que olvidamos es que cuando fuimos muy jóvenes, tal vez
niños, esos ratos de ocio eran muy recurrentes en nuestra vida, y eran esos
momentos los que alimentaban nuestra creatividad. Para esos momentos nuestro
cerebro acostumbrado a ellos, siempre buscaba una respuesta creativa que hacía
de esos momentos algo normal y realmente importante para nosotros. Luego vinieron
otros momentos, que fueron los de asistir al colegio e interactuar con otros
niños iguales a nosotros. Poco a poco esos momentos de ocio fueron siendo
suplantados por situaciones de conocimiento y práctica de los mismos. Ya
teníamos la capacidad de comunicarnos mejor con los adultos, manejábamos una
gran cantidad de sonidos a los cuales les conocíamos su significado, por lo que
la comunicación con los adultos se nos hizo más sencilla. Más, sin embargo,
llega un momento de quiebre, los adultos saben muchas cosas que nosotros niños
ignoramos de su mundo, pero ellos en su mayoría son ignorantes del proceso que
tiene el cerebro humano para aprender ciertas destrezas, o asimilar nuevos
conocimientos. Ellos, los adultos no saben porque aprenden, y al no saberlo,
asumen que los niños deben hacerlo a la fuerza o sometiéndolos a ciertos grados
de suplicio que los obligará a aprender algo en lugar de pasar por el momento
doloroso, comienza, por así llamarlo una época de chantaje, haces esto si
deseas obtener esto. En lugar de buscar la forma más beneficiosa de enseñanza
que genere en el niño un interés por aquello que le enseñan.
Ese método de represión y
chantaje tuvo éxito en muchos casos, porque logro hacer que los participantes
sintiesen temor a recibir la represión, o incitados a ver el chantaje como un
premio a su dedicación, al mismo tiempo que generaban en el resto del
estudiantado la idea de la competencia, creando sin darse cuenta tanto alumnos
sumamente diestros en la solución de algún tipo de problemas, como seres
acomplejados por su falta de destreza en la solución de los mismos problemas.