Thursday, June 22, 2017

SIGUE EL CAMINO DE BALDOSAS AMARILLAS
Como cualquier otra fuente de autoridad, los sentimientos también tienen sus limitaciones. El humanismo asume que cada humano tiene un único yo interior auténtico, pero que cuando intenta escucharlo, a menudo con lo que se encuentra es o bien el silencio o bien una cacofonía de voces opuestas. Para superar este problema, el humanismo ha defendido no solo una nueva fuente de autoridad, sino también un nuevo método para entrar en contacto con la ella y obtener de este modo el verdadero conocimiento. En la Europa medieval, la principal fórmula para el saber era la siguiente: CONOCIMIENTO = ESCRITURAS × LÓGICA.[*] Si queremos conocer la respuesta a alguna pregunta importante, debemos leer las escrituras y emplear nuestra lógica para comprender el sentido exacto del texto. Por ejemplo, los estudiosos que querían saber qué forma tenía la Tierra leían detenidamente la Biblia en busca de referencias relevantes. Uno de ellos señaló que en Job 38:13 se dice que Dios «ocupe los extremos de la Tierra y eche fuera a los malhechores». Esto implica, razonaba el erudito, que puesto que la Tierra tiene «extremos» que se pueden «ocupar», tiene que ser un cuadrado plano. Otro sabio rechazaba esta interpretación y llamaba la atención sobre Isaías 40:22, donde se dice que «está Él sentado sobre el círculo de la tierra». ¿No es esto prueba de que la Tierra es redonda? En la práctica, esto significaba que los estudiosos buscaban el conocimiento mientras pasaban años en escuelas y bibliotecas, leyendo cada vez más textos y aguzando su lógica para poder entenderlos correctamente. La revolución científica propuso una fórmula muy diferente del conocimiento: CONOCIMIENTO = DATOS EMPÍRICOS × MATEMÁTICAS. Si queremos conocer la respuesta a alguna cuestión, en primer lugar necesitamos reunir datos empíricos relevantes y después emplear herramientas matemáticas para analizarlos. Por ejemplo, para estimar la forma real de la Tierra, podemos observar el Sol, la Luna y los planetas desde varias localidades repartidas por todo el mundo. Una vez hayamos reunido suficientes observaciones, podremos recurrir a la trigonometría para deducir no solo la forma de la Tierra, sino también la estructura de todo el sistema solar. En la práctica, esto significa que los científicos buscan el conocimiento mientras pasan años en observatorios, laboratorios y expediciones científicas, acopiando cada vez más datos empíricos y aguzando sus herramientas matemáticas para poder interpretarlos correctamente. La fórmula científica del conocimiento condujo a asombrosos descubrimientos en astronomía, física, medicina y numerosas disciplinas más. Pero tenía un inconveniente enorme: no podía abordar cuestiones de valor y sentido. Los eruditos medievales podían determinar con absoluta certeza que asesinar y robar está mal, y que el propósito de la vida humana es cumplir los mandatos de Dios, porque así lo decían las escrituras. Los científicos no podían emitir estos juicios éticos. No hay cantidad de datos ni hechicería matemática que pueda demostrar que asesinar está mal. Pero las sociedades humanas no pueden sobrevivir sin estos juicios de valor. Una manera de superar esta dificultad era seguir empleando la vieja fórmula medieval junto con el nuevo método científico. Cuando nos enfrentamos a un problema práctico (como determinar la forma de la Tierra, construir un puente o curar una enfermedad), acopiamos datos empíricos y los analizamos matemáticamente. Cuando nos enfrentamos a un problema ético (como determinar si hay que permitir el divorcio, el aborto o la homosexualidad), leemos las escrituras. Esta solución fue adoptada en cierta medida por numerosas sociedades modernas, desde la Gran Bretaña victoriana al Irán del siglo XXI. Sin embargo, el humanismo ofrecía una alternativa. Cuando los humanos adquirieron más confianza en sí mismos, apareció una nueva fórmula del saber ético: CONOCIMIENTO = EXPERIENCIAS × SENSIBILIDAD. Si queremos conocer la respuesta a una cuestión ética, necesitamos conectar con nuestras experiencias íntimas y observarlas con la mayor de las sensibilidades. En la práctica, esto significa que buscamos el conocimiento invirtiendo muchos años en acopiar experiencias y aguzando nuestra sensibilidad para poder comprender dichas experiencias correctamente. ¿Qué son, exactamente, las «experiencias»? No son datos empíricos. Una experiencia no está hecha de átomos, moléculas, proteínas o números. Por el contrario, es un fenómeno subjetivo que incluye tres ingredientes principales: sensaciones, emociones y pensamientos. En cualquier momento concreto, mi experiencia comprende todo lo que perciba (calor, placer, tensión, etcétera), cualquier emoción que sienta (amor, temor, ira, etcétera) y cualesquiera pensamientos que surjan en mi mente. ¿Y qué es «sensibilidad»? Significa dos cosas. En primer lugar, prestar atención a mis sensaciones, emociones y pensamientos. En segundo lugar, permitir que estas sensaciones, emociones y pensamientos influyan en mí. Doy por hecho que no debo permitir que cualquier brisa pasajera me lleve. Pero debo estar abierto a nuevas experiencias y permitir que cambien mis puntos de vista, mi comportamiento e incluso mi personalidad. Experiencias y sensibilidad se retroalimentan en un ciclo que nunca acaba. No puedo experimentar nada si no tengo sensibilidad, y no puedo desarrollar sensibilidad a menos que esté expuesto a una diversidad de experiencias. La sensibilidad no es una aptitud abstracta que pueda desarrollarse mediante la lectura de libros o asistiendo a conferencias. Es una habilidad práctica que puede madurar únicamente si se aplica a la práctica. Tomemos como ejemplo el té. Empiezo bebiendo té corriente y muy dulce por la mañana mientras leo el periódico. El té es poco más que una excusa para proporcionar a mi cuerpo un subidón de azúcar. Un día me doy cuenta que, entre el azúcar y el periódico, apenas saboreo el té. De modo que reduzco la cantidad de azúcar, dejo el periódico a un lado, cierro los ojos y me centro en el té. Al instante empiezo a registrar su aroma y sabor únicos. Pronto me encuentro experimentando con diferentes tés, negros y verdes, y comparando sus sabores fuertes y exquisitos y sus buqués delicados. Pasados unos meses, abandono las marcas del supermercado y compro el té en Harrods. Me gusta en particular el «Té de excremento de panda», de las montañas de Ya’an en la provincia de Sichuan, hecho con hojas de árboles de té fertilizados con el estiércol de pandas. Así es como, de taza en taza, perfecciono mi sensibilidad con el té y me vuelvo un entendido. Si en mis primeros días de bebedor de té me hubieran servido té de excremento de panda en una taza de porcelana de la dinastía Ming, no lo habría apreciado mucho más que un té común en una taza de papel. No se puede experimentar algo si no se tiene la sensibilidad necesaria, y no se puede desarrollar esta sensibilidad a menos que se experimente una larga sarta de experiencias. Y lo mismo que acabamos de decir del té puede afirmarse de todo el conocimiento estético y ético. No nacemos con una conciencia ya preparada. A medida que transcurrimos por la vida, herimos a otros y otros nos hieren, actuamos de manera compasiva y otros nos muestran compasión. Si prestamos atención, nuestra sensibilidad moral se agudiza, y estas experiencias se transforman en una fuente de valioso conocimiento ético acerca de lo que es bueno, de lo que es justo y de quién soy en verdad. Así, el humanismo ve la vida como un proceso gradual de cambio interior, que lleva de la ignorancia al esclarecimiento por medio de experiencias. La finalidad superior de la vida humanista es desarrollar completamente nuestro conocimiento a través de una gran variedad de experiencias intelectuales, emocionales y físicas. En los inicios del siglo XIX, Wilhelm von Humboldt (uno de los principales arquitectos del moderno sistema educativo) dijo que el objetivo de la existencia es «una destilación de la más amplia experiencia posible de la vida en sabiduría». También escribió que «Solo hay una cumbre en la vida: haber tomado la medida en sentimiento de todo lo que es humano».   Este bien podría ser el lema humanista.

Según la filosofía china, el mundo se sostiene por la interacción de fuerzas opuestas pero complementarias llamadas yin y yang. Puede que esto no pueda aplicarse al mundo físico, pero sí al mundo moderno que ha sido creado por el contrato entre la ciencia y el humanismo. Cada yang científico contiene en su interior un yin humanista, y viceversa. El yang nos proporciona poder, mientras que el yin nos proporciona sentido y juicios éticos. El yang y el yin de la modernidad son la razón y la emoción, el laboratorio y el museo, la cadena de producción y el supermercado. La gente suele ver solo el yang e imagina que el mundo moderno es árido, científico, lógico y utilitario: igual que un laboratorio o una fábrica. Pero el mundo moderno también es un supermercado extravagante. En la historia, ninguna cultura ha concedido nunca tanta importancia a los sentimientos, los deseos y las experiencias humanas. La concepción humanista de la vida como una serie de experiencias se ha convertido en el mito fundacional de numerosas industrias modernas, desde el turismo al arte. Los agentes de viajes y los chefs de restaurantes no nos venden billetes de avión, hoteles y cenas sofisticadas: nos venden experiencias nuevas. De forma parecida, mientras que la mayoría de las narraciones premodernas se centraban en acontecimientos y actos externos, las novelas, las películas y los poemas modernos suelen girar alrededor de sentimientos. Las epopeyas grecorromanas y las aventuras caballerescas medievales eran catálogos de hazañas heroicas, no de sentimientos. Un capítulo contaba cómo el valiente caballero luchaba contra un ogro monstruoso y lo mataba. En otro capítulo se relataba cómo el caballero rescataba a una hermosa princesa presa por un dragón que escupía fuego y lo mataba. Un tercer capítulo narraba cómo un malvado hechicero secuestraba a la princesa y cómo el caballero perseguía al hechicero y lo mataba. No sorprendía que el héroe fuera invariablemente un caballero, en lugar de un carpintero o un campesino, porque los campesinos no realizaban hazañas heroicas. De manera significativa, los héroes nunca experimentaban ningún proceso importante de cambio interno. Aquiles, Arturo, Roldán y Lanzarote eran guerreros intrépidos que ya tenían una visión caballeresca del mundo antes de que emprendieran sus aventuras, y seguían siendo guerreros intrépidos con la misma concepción del mundo al final. Todos los ogros que mataron y todas las princesas que rescataron confirmaron su coraje y perseverancia, pero en último término les enseñaron pocas cosas. Que el foco humanista se centrara en los sentimientos y las experiencias, en lugar de en las hazañas, transformó el arte. A Wordsworth, a Dostoievski, a Dickens y a Zola les importaban poco los valientes caballeros y sus proezas, y en cambio describieron cómo se sentía la gente corriente y las amas de casa. Algunas personas opinan que el Ulises de Joyce representa el apogeo de este foco moderno en la vida interior en lugar de en los actos externos; en 260 000 palabras, Joyce describe un único día en la vida de los dublineses Stephen Dedalus y Leopold Bloom, que a lo largo de la jornada hacen…, bueno, no demasiado. Pocas personas han leído el Ulises de principio a fin, pero los mismos principios socalzan también gran parte de nuestra cultura popular. En Estados Unidos, a la serie Survivor a menudo se le ha atribuido (o culpado de) convertir la telerrealidad en una moda. Survivor fue el primer reality que llegó al primer puesto de los índices de audiencia Nielsen, y en 2007 la revista Time lo incluyó entre los cien mejores espectáculos televisivos de todas las épocas.  En cada temporada, se aísla a veinte aspirantes ataviados con la mínima expresión de traje de baño en alguna isla tropical. Allí tienen que enfrentarse a todo tipo de retos, y en cada episodio votan para echar a uno de sus miembros. El que queda último se lleva un millón de dólares a casa. En la Grecia homérica, en el Imperio romano o en la Europa medieval, esta idea habría resultado al público familiar y muy atractiva. Entran veinte contendientes y solo sale un héroe. «¡Maravilloso!», habría pensado un príncipe homérico, un patricio romano o un caballero cruzado mientras se sentaban para contemplar el espectáculo. «A buen seguro vamos a ver aventuras increíbles, luchas a vida o muerte, y actos de heroísmo y traición incomparables. Probablemente los guerreros se apuñalarán por la espalda, o desparramarán sus entrañas para que todos lo vean». ¡Qué decepción! Las puñaladas por la espalda y las entrañas desparramadas se quedan solo en metáfora. Cada episodio dura alrededor de una hora. De esta, quince minutos los ocupan anuncios de dentífricos, champú y cereales. Cinco minutos se dedican a desafíos increíblemente infantiles, como quién es capaz de lanzar más cocos a una canasta o quién consigue comer el mayor número de bichos en un minuto. ¡El resto del tiempo, los «héroes» solo hablan de sus sentimientos! Él dijo y ella dijo, y yo sentí esto y yo sentí aquello. Si un caballero cruzado se hubiera sentado ante un televisor para ver Survivor, probablemente habría agarrado el hacha de combate y habría destrozado el televisor, aburrido y frustrado. En la actualidad podemos pensar que los caballeros medievales eran brutos insensibles. Si vivieran entre nosotros, los enviaríamos a un psicólogo, que podría ayudarlos a entrar en contacto con sus sentimientos. Esto es lo que hace el Hombre de Hojalata en El mago de Oz. Recorre el camino de baldosas amarillas con Dorothy y sus amigos, confiando en que cuando lleguen a Oz el gran mago le dé un corazón, mientras que el Espantapájaros quiere un cerebro y el León desea valor. Al final de su viaje descubren que el gran mago es un charlatán y que no puede darles nada de eso. Pero descubren algo mucho más importante: todo lo que desean ya está en ellos. No se precisa ningún mago divino para obtener sensibilidad, sabiduría o valor. Solo tenemos que seguir el camino de baldosas amarillas y abrirnos a cualesquiera experiencias que nos encontremos. La misma lección, exactamente, aprenden el capitán Kirk y el capitán Jean-Luc Picard mientras recorren la galaxia en la nave espacial Enterprise, y Tom Sawyer y Huckelberry Finn mientras descienden por el río Mississippi, y Wyatt y Billy mientras conducen sus HarleyDavidson en Easy Rider, y otros muchos personajes en miles de películas de viajes por carretera que se salen de su pueblo natal de Pennsylvania (o quizá de Nueva Gales del Sur), viajan en un viejo descapotable (o quizá en un autobús), viven varias experiencias que les cambiarán la vida, se encuentran a sí mismos, hablan de sus sentimientos y al final llegan a San Francisco (o quizá a Alice Springs) como individuos mejores y más sabios.