Monday, August 14, 2017

Hay momentos como ahora en que me siento confundido en un habitad de tantas opiniones y tantos desajustes. Me cuesta a veces encontrar las palabras adecuadas para manifestar mi incomprensión a la forma como es conducido el país. Imagino que sucede como en un juego de fútbol, que al ser fanático de uno de los contendientes, no importan los métodos que use nuestro equipo para ganar, todo es válido con tal que gane. Pero el país es conducido por políticos, o se supone que es así, ¿y son los políticos unos individuos que intentan engañar al público con la única idea de ellos llegar a un punto de bienestar particular, o son en realidad unas personas que realmente les importa el bienestar general? Quizá la respuesta sea tanto una como la otra, el mundo tiene muchas tentaciones para la imaginación de los hombres, cada uno de nosotros busca el poder de formas inimaginables. A veces se desea tener poder sobre otra persona generando en ella una dependencia excesiva de elementos que yo controlo, otras veces la forma que busco es crear ellos la capacidad de resolver sus propios problemas. Sin embargo, en esta segunda opción, los problemas que las personas deben resolver son más ficción que realidad, entonces la resolución estaría en eliminar el foco que produce la ficción que nos atormenta. Pero eso sería atentar contra uno mismo, porque es quizá uno mismo el foco principal de las ficciones que al hombre atormenta. Es muy posible que sean más felices aquellos que ignoran todas las sutilezas de la manipulación, que aquellos, que por haberse informado tanto piensan en la liberación del hombre de si mismo, como la panacea de resolución de todos los problemas.
Todos los seres humanos estamos en una constante venta de soluciones a otros, algunos han encontrado que Dios es la solución de los problemas en el mundo. Pero para un intelectual, la idea de Dios le parece un contra sentido, al él imaginar que es parte de Dios mismo. Por lo que no necesita interlocutor para tener una relación expresa con Dios. Para aquellos que solo piensan en Dios como una entidad todo poderosa capaz de todo en la tierra, pudiera ser manipulado por estos supuestos monjes. Son visiones políticas que intentan de alguna forma ganar adeptos a sus filas, como sucede en cualquier partido político. Cuando se entiende al universo como un ente donde todos estamos integrados, entonces la búsqueda de la ampliación de la propia personalidad mediante la sumatoria de conciencias que tiendan a defender una visión que se tenga, es perfectamente válido. Desde ese punto de vista la política me parece interesante y positiva, porque el creer en la integración de todos para mejorarnos continuamente pudiera ser una acción loable.
Pero entonces sale a flote la individualidad, también estamos supuestos a ser átomos particulares de este conglomerado, entonces la idea de unión está contra restada con la idea de individuo, soy pueblo y soy ciudadano, pero ¿que soy más?
Imagino que todo dependerá de los pensamientos que pululen en la imaginación de cada quien. Al fin de cuentas son solo abstracciones imaginarias, elementos subjetivos de una supuesta realidad que es más invento que verdad, pero que nos sume imaginariamente con mayor fuerza cada vez.  
LA RED DEL SENTIDO
A la gente le cuesta entender la idea de los «órdenes imaginados» porque da por hecho que solo hay dos tipos de realidades: las realidades objetivas y las realidades subjetivas. En la realidad objetiva, las cosas existen independientemente de nuestras creencias y sentimientos. La gravedad, por ejemplo, es una realidad objetiva. Existía mucho antes de que Newton naciera, y afecta tanto a la gente que no cree en ella como a la gente que sí cree. En cambio, la realidad subjetiva depende de mis creencias y sentimientos personales. Así, supongamos que me duele mucho la cabeza y voy al médico. La doctora me examina con detenimiento, pero no encuentra nada extraño. De modo que me envía a que me hagan un análisis de sangre, un análisis de orina, un análisis de ADN, radiografías, electrocardiogramas, una fMRI (Resonancia Magnética) y otra serie de trámites. Cuando llegan los resultados, me dice que estoy perfectamente sano y que puedo irme a casa. Pero yo sigo sintiendo un fuerte dolor en la cabeza. Aunque pruebas muy objetivas no han encontrado nada extraño en mí y aunque nadie que no sea yo siente el dolor, para mí el dolor es cien por cien real. La mayoría de la gente presume que la realidad es o bien objetiva o bien subjetiva, y que no hay una tercera opción. De ahí que cuando se convencen de que algo no es solo un sentimiento subjetivo, llegan a la conclusión de que tiene que ser objetivo. Si hay mucha gente que cree en Dios, si el dinero hace que el mundo gire, y si el nacionalismo inicia guerras y construye imperios…, todo ello no es solo una creencia subjetiva mía. Por lo tanto, Dios, el dinero y las naciones deben de ser realidades objetivas. Sin embargo, hay un tercer nivel de realidad: el nivel intersubjetivo. Las entidades intersubjetivas dependen de la comunicación entre muchos humanos y no de las creencias y sentimientos de individuos humanos. Muchos de los agentes más importantes de la historia son intersubjetivos. El dinero, por ejemplo, no tiene valor objetivo. No podemos comer, beber ni vestirnos con un billete de un dólar. Pero mientras millones de personas crean en su valor, lo podemos utilizar para comprar comida, bebidas y ropa. Si el panadero pierde de pronto su fe en el dólar y rehúsa darme una hogaza de pan a cambio de este trozo de papel verde, no importa mucho. Simplemente, puedo ir al supermercado más cercano, unas manzanas más allá. Sin embargo, si las cajeras del supermercado también rehúsan aceptar este trozo de papel, y lo mismo hacen los vendedores ambulantes del mercado y los dependientes del centro comercial, entonces el dólar perderá su valor. Los trozos de papel verde seguirán existiendo, desde luego, pero no tendrán ningún valor. Estas cosas ocurren en verdad de cuando en cuando. El 3 de noviembre de 1985, el gobierno de Myanmar (o Burma país del sudeste asiático) anunció inesperadamente que los billetes de 25, 50 y 100 kyats ya no eran moneda legal. A la gente no se le dio la oportunidad de cambiar los billetes, y los ahorros de toda una vida se convirtieron instantáneamente en montones de papel inútil. Para reemplazar los que habían quedado fuera de circulación, el gobierno emitió nuevos billetes de 75 kyats, supuestamente en honor del septuagésimo quinto aniversario del dictador de Myanmar, el general Ne Win. En agosto de 1986 se emitieron billetes de 15 y 35 kyats. Los rumores indicaban que el dictador, que tenía una enorme fe en la numerología, creía que el 15 y el 35 son números de la suerte. No supusieron mucha suerte para sus súbditos. El 5 de septiembre de 1987, el gobierno decretó sin más que todos los billetes de 15 y 35 kyats ya no eran moneda. El valor del dinero no es lo único que puede evaporarse cuando la gente deja de creer en ello. Lo mismo puede ocurrir con leyes, dioses e incluso imperios enteros. En un momento dado están atareados modelando el mundo, y al siguiente ya no existen. Zeus y Hera fueron antaño poderes importantes en la cuenca del Mediterráneo, pero actualmente carecen de toda autoridad, porque nadie cree en ellos. La Unión Soviética podía haber destruido antaño a toda la especie humana, pero dejó de existir de un plumazo. A las dos de la tarde del 8 de diciembre de 1991, en una dacha  estatal (especie de casa de veraneo rusa) cerca de Viskuli, los líderes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia firmaron los Acuerdos de Belavezha, que declaraban: «Nosotros, la República de Bielorrusia, la Federación Rusa y Ucrania, como estados fundadores de la URSS que firmaron el tratado de unión de 1922, por la presente establecemos que la URSS, como sujeto de ley internacional y realidad geopolítica, deja de existir». Y eso fue todo. Ya no había Unión Soviética. Es relativamente fácil aceptar que el dinero es una realidad intersubjetiva. La mayoría de la gente también está dispuesta a reconocer que los antiguos dioses griegos, los imperios del mal y los valores de las culturas ajenas existen únicamente en la imaginación. Pero no queremos aceptar que nuestro Dios, nuestra nación o nuestros valores sean meras ficciones, porque estas cosas dan sentido a nuestra vida. Queremos creer que nuestra vida tiene algún sentido objetivo, y que nuestros sacrificios son importantes para algo que trascienda las historias que habitan nuestra cabeza. Pero, en realidad, la vida de la mayoría de las personas tiene sentido únicamente dentro de la red de historias que se cuentan las unas a las otras. El sentido se crea cuando muchas personas entretejen conjuntamente una red común de historias. ¿Por qué le encuentro sentido a un acto concreto (como por ejemplo casarse por la Iglesia, ayunar en el ramadán o votar el día de las elecciones)? Porque mis padres también creen que es significativo, al igual que mis hermanos, mis vecinos, la gente de ciudades cercanas e incluso los residentes de países lejanos. ¿Y por qué toda esa gente cree que tiene sentido? Porque sus amigos y vecinos comparten también esa misma opinión. La gente refuerza constantemente las creencias del otro en un bucle que se perpetúa a sí mismo. Cada ronda de confirmación mutua estrecha aún más la red de sentido, hasta que uno no tiene más opción que creer lo que todos los demás creen.
 Sin embargo, con el transcurso de décadas y siglos, la red de sentido se desenreda y en su lugar se teje una nueva red. Estudiar historia implica contemplar cómo estas redes se tejen y se destejen, y comprender que lo que en una época a la gente le parece lo más importante de su vida se vuelve totalmente absurdo para sus descendientes. En 1187, Saladino derrotó al ejército de cruzados en la batalla de Hattin y conquistó Jerusalén. En respuesta, el Papa puso en marcha la Tercera Cruzada para reconquistar la ciudad sagrada. Imagine el lector a un joven noble inglés llamado John que abandonara el hogar para ir a luchar contra Saladino. John creía que sus actos tenían un sentido objetivo. Creía que si moría en la cruzada, su alma ascendería después al cielo, donde gozaría de una dicha celestial eterna. Se habría sentido horrorizado al descubrir que el alma y el cielo son solo historias inventadas por los humanos. John creía a pies juntillas que si llegaba a Tierra Santa, y si algún guerrero musulmán con un gran bigote le atizaba con un hacha en la cabeza, sentiría un dolor insoportable, le atronarían los oídos, le flaquearían las piernas y se le nublaría la visión…, y que en el instante inmediatamente posterior vería una luz brillante en derredor, oiría voces angelicales y arpas melodiosas, y querubines alados y radiantes le indicarían que cruzara una magnífica entrada dorada. John tenía una fe muy sólida en todo esto, porque estaba enmarañado en una red de sentido extremadamente densa y poderosa. Sus recuerdos más antiguos eran los de la herrumbrosa espada del abuelo Henry, que colgaba en el salón principal del castillo. Desde que era niño, John había oído los relatos del abuelo Henry, que murió en la Segunda Cruzada y que desde entonces estaba sentado con los ángeles en el cielo, velando por John y su familia. Cuando los trovadores visitaban el castillo, solían cantar acerca de los valientes cruzados que habían luchado en Tierra Santa. Cuando John iba a la iglesia, le gustaba contemplar los vitrales de las ventanas. Uno de ellos mostraba a Godofredo de Bouillon montado a caballo y ensartando con su lanza a un musulmán de aspecto malvado. Otro ilustraba las almas de los pecadores ardiendo en el infierno. John escuchaba con atención al sacerdote de su parroquia, el hombre más sabio que conocía. Casi todos los domingos, el sacerdote explicaba (ayudándose de parábolas bien construidas y divertidas bromas) que no había salvación fuera de la Iglesia católica, que el Papa de Roma era nuestro santo padre y que teníamos que obedecer siempre sus órdenes. Si matábamos o robábamos, Dios nos enviaría al infierno; pero si matábamos a musulmanes infieles, Dios nos recibiría en el cielo. Un día, cuando John acababa de cumplir los dieciocho años, un caballero desaliñado cabalgó hasta la verja del castillo y, con voz ahogada, anunció la noticia: «¡Saladino ha destruido al ejército cruzado en Hattin! ¡Jerusalén ha caído! ¡El Papa ha declarado una nueva cruzada y ha prometido la salvación eterna a quien muera en ella!». La gente que lo rodeaba se quedó conmovida y preocupada, pero a John se le iluminó la cara con un resplandor sobrenatural, y proclamó: «¡Iré a luchar contra los infieles y a liberar Tierra Santa!». Todos permanecieron en silencio un momento, y después sonrisas y lágrimas aparecieron en sus rostros. Su madre se enjugó las lágrimas, dio a John un fuerte abrazo y le dijo lo orgullosa que estaba de él. Su padre le dio una fuerte palmada en la espalda y le dijo: «Si tuviera tu edad, hijo, me sumaría a ti. El honor de nuestra familia está en juego… ¡Estoy seguro de que no nos decepcionarás!». Dos de sus amigos anunciaron que ellos también irían. Incluso el rival declarado de John, el barón del otro lado del río, le hizo una visita para desearle buena suerte. Cuando abandonó el castillo, los aldeanos salieron de sus chozas para despedirle, y todas las chicas bonitas miraron anhelantes al valiente cruzado que se iba a luchar contra los infieles. Se hizo a la mar en Inglaterra y más tarde se abrió paso a través de tierras extrañas y distantes (Normandía, Provenza, Sicilia), y por el camino se le unieron bandas de caballeros extranjeros, todos ellos con el mismo destino y la misma fe. Cuando el ejército desembarcó finalmente en Tierra Santa y entabló batalla con las huestes de Saladino, John quedó asombrado al descubrir que incluso los malvados sarracenos compartían sus creencias. Cierto, estaban un poco confundidos y creían que los cristianos eran los infieles y que los musulmanes obedecían la voluntad de Dios. Pero también ellos aceptaban el principio básico de que los que luchaban por Dios y Jerusalén irían directamente al cielo cuando murieran. De esta manera, hilo a hilo, la civilización medieval tejió su red de sentido, atrapando en ella como a moscas a John y a sus contemporáneos. Para John era inconcebible que todas estas historias no fueran más que fantasías de la imaginación. Quizá sus padres y tíos estaban equivocados, pero ¿acaso también lo estaban los trovadores, y todos sus amigos, y las chicas de la aldea, y el sabio sacerdote, y el barón del otro lado del río, y el Papa de Roma, y los caballeros provenzales y sicilianos, e incluso los mismos musulmanes? ¿Era posible que todos ellos estuvieran alucinando?

Y los años pasan. A medida que el historiador observa, la red de sentido se desenmaraña, y otra se teje en su lugar. Los padres de John mueren, y después, todos sus hermanos y amigos. En lugar de trovadores dedicados a cantar las cruzadas, la nueva moda son obras de teatro sobre trágicas aventuras amorosas. El castillo familiar arde hasta los cimientos, y cuando se reconstruye, no queda rastro de la espada del abuelo Henry. Las ventanas de la iglesia se hacen añicos en una tormenta invernal, y el vidrio que las sustituye ya no retrata a Godofredo de Bouillon y a los pecadores en el infierno, sino el gran triunfo del rey de Inglaterra sobre el rey de Francia. El sacerdote ya no llama al Papa «nuestro santo padre»: ahora se refiere a él como «aquel demonio de Roma». En una universidad cercana, los estudiosos leen atentamente antiguos manuscritos griegos, diseccionan cadáveres y susurran en voz baja y a puerta cerrada que quizá eso que llamamos alma no exista. Y los años siguen pasando. Donde antaño se erguía el castillo, ahora hay un centro comercial. En el cine proyectan por enésima vez Monty Python y el Santo Grial. En una iglesia vacía, un aburrido vicario se alegra sobremanera al ver a dos turistas japoneses. Les explica con detalle el significado de los vitrales de las ventanas mientras ellos sonríen educadamente y asienten sin entender nada en absoluto. En las escalinatas exteriores, una pandilla de adolescentes juega con sus iPhone. Miran en YouTube un nuevo remix de «Imagine», de John Lennon. «Imagina que no hay cielo —canta Lennon—, es fácil si lo intentas». Un barrendero paquistaní barre las aceras mientras una radio cercana retransmite las noticias: las matanzas en Siria continúan, y la reunión del Consejo de Seguridad ha acabado en un punto muerto. De pronto se abre un agujero en el tiempo y un misterioso rayo de luz ilumina la cara de uno de los adolescentes, que anuncia: «¡Voy a luchar contra los infieles y a liberar Tierra Santa!». ¿Infieles y Tierra Santa? Estas palabras ya no tienen ningún sentido para la mayoría de la gente en la Inglaterra de hoy en día. Incluso el vicario probablemente pensaría que el adolescente padece algún tipo de episodio psicótico. En cambio, si un joven inglés decidiera unirse a Amnistía Internacional y viajar hasta Siria para proteger los derechos humanos de los refugiados, sería considerado un héroe. En la Edad Media, la gente pensaría que se habría vuelto majareta. Nadie en la Inglaterra del siglo XII sabía qué eran los derechos humanos. ¿Quieres viajar a Oriente Medio y arriesgar tu vida, no para matar musulmanes, sino para proteger a un grupo de musulmanes de otro? Tienes que haberte vuelto loco. Así es como se desarrolla la historia. La gente teje una red de sentido, cree en ella con todo su corazón, pero más pronto o más tarde la red se desenmaraña, y cuando miramos atrás, no podemos entender cómo nadie pudo haberla tomado en serio. En retrospectiva, ir a las cruzadas con la esperanza de alcanzar el paraíso parece una locura total. En retrospectiva, la Guerra Fría parece una locura todavía mayor. ¿Cómo es posible que hace treinta años la gente estuviera dispuesta a arriesgarse a sufrir un holocausto nuclear por creer en un paraíso comunista? Dentro de cien años, nuestra creencia en la democracia y en los derechos humanos quizá les parezca igualmente incomprensible a nuestros descendientes.
Estamos llegando a una etapa en que los derechos humanos están en consideración con respecto a los derechos de la naturaleza. Quizás como somos humanos los que podemos escribir tendamos a creer más en nuestros derechos, que en los de cualquier otra cuestión llámese esta naturaleza o no.

TIEMPO DE SOÑAR

Los sapiens dominan el mundo porque solo ellos son capaces de tejer una red intersubjetiva de sentido: una red de leyes, fuerzas, entidades y lugares que existen puramente en su imaginación común. Esta red permite que los humanos organicen cruzadas, revoluciones socialistas y movimientos por los derechos humanos. Es posible que otros animales también imaginen cosas. Un gato que espera al acecho a un ratón podría en realidad no ver al ratón, sino tan solo imaginar su forma e incluso su sabor. Pero, hasta donde sabemos, los gatos únicamente son capaces de imaginar cosas que existen en el mundo, como los ratones. No pueden imaginar cosas que nunca han visto u olido o degustado, como el dólar estadounidense, la compañía Google o la Unión Europea. Solo los sapiens pueden imaginar tales quimeras. En consecuencia, mientras que los gatos y los demás animales están confinados en el reino objetivo y solo emplean sus sistemas de comunicación para describir la realidad, los sapiens utilizan el lenguaje para crear realidades completamente nuevas. Durante los últimos setenta mil años, las realidades intersubjetivas que los sapiens inventaron se hicieron cada vez más poderosas, hasta el punto de que hoy dominan el mundo. ¿Sobrevivirán al siglo XXI los chimpancés, los elefantes, la selva amazónica y los glaciares árticos? Ello depende de los deseos y las decisiones de entidades intersubjetivas tales como la Unión Europea y el Banco Mundial, entidades que solo existen en nuestra imaginación compartida. No hay otro animal que pueda medirse con nosotros, no porque carezcan de alma o de mente, sino porque carecen de la imaginación necesaria. Los leones pueden correr, saltar, morder y desgarrar. Pero no pueden abrir una cuenta bancaria o poner un pleito. Y en el siglo XXI, un banquero que sepa poner un pleito es más poderoso que el más feroz de los leones de la sabana. De la misma manera que separa a los humanos de los demás animales, esta capacidad de crear entidades intersubjetivas separa también las humanidades de las ciencias de la vida. Los historiadores buscan comprender el desarrollo de entidades intersubjetivas como los dioses y las naciones, mientras que los biólogos difícilmente reconocen la existencia de tales cosas. Algunos creen que si pudiéramos descifrar el código genético y cartografiar todas y cada una de las neuronas del cerebro, conoceríamos todos los secretos de la humanidad. A fin de cuentas, si los humanos no tienen alma y si los pensamientos, emociones y sensaciones son solo algoritmos bioquímicos, ¿por qué no puede la biología explicar todos los caprichos de las sociedades humanas? Desde esta perspectiva, las cruzadas fueron disputas territoriales modeladas por presiones evolutivas, y los caballeros ingleses que viajaron a Tierra Santa para luchar contra Saladino no eran muy distintos de los lobos que intentan apropiarse del territorio de una jauría vecina. Las humanidades, en cambio, ponen énfasis en la importancia crucial de entidades intersubjetivas, que no pueden reducirse a hormonas y neuronas. Pensar desde el punto de vista histórico significa adscribir poder real a los contenidos de nuestros relatos imaginarios. Evidentemente, los historiadores no obvian los factores objetivos, como los cambios climáticos y las mutaciones genéticas, pero confieren mucha mayor importancia a los relatos que la gente inventa y en los que cree. Corea del Norte y Corea del Sur son tan diferentes entre sí no porque la gente de Pyongyang tenga genes diferentes a los genes de la gente de Seúl o porque el norte sea más frío y más montañoso. Ello se debe a que el norte está dominado por ficciones muy distintas. Quizá algún día los descubrimientos en neurobiología nos permitan explicar el comunismo y las cruzadas en términos estrictamente bioquímicos, pero estamos muy lejos de este momento. Durante el siglo XXI es probable que la frontera entre la historia y la biología se desvanezca, no porque descubramos explicaciones biológicas de los acontecimientos históricos, sino más bien porque las ficciones ideológicas reescriban las cadenas de ADN, los intereses políticos y económicos reescriban el clima, y la geografía de montañas y ríos dé paso al ciberespacio. A medida que las ficciones humanas se traduzcan en códigos genéticos y electrónicos, la realidad ínter subjetiva engullirá por completo la realidad objetiva, y la biología se fusionará con la historia. En el siglo XXI, la ficción puede, por lo tanto, convertirse en la fuerza más poderosa de la Tierra, sobrepasando incluso a los asteroides caprichosos y a la selección natural. De ahí que si queremos entender nuestro futuro, en absoluto bastará con descifrar genomas y calcular números. También tenemos que descifrar las ficciones que dan sentido al mundo.

Thursday, June 22, 2017

SIGUE EL CAMINO DE BALDOSAS AMARILLAS
Como cualquier otra fuente de autoridad, los sentimientos también tienen sus limitaciones. El humanismo asume que cada humano tiene un único yo interior auténtico, pero que cuando intenta escucharlo, a menudo con lo que se encuentra es o bien el silencio o bien una cacofonía de voces opuestas. Para superar este problema, el humanismo ha defendido no solo una nueva fuente de autoridad, sino también un nuevo método para entrar en contacto con la ella y obtener de este modo el verdadero conocimiento. En la Europa medieval, la principal fórmula para el saber era la siguiente: CONOCIMIENTO = ESCRITURAS × LÓGICA.[*] Si queremos conocer la respuesta a alguna pregunta importante, debemos leer las escrituras y emplear nuestra lógica para comprender el sentido exacto del texto. Por ejemplo, los estudiosos que querían saber qué forma tenía la Tierra leían detenidamente la Biblia en busca de referencias relevantes. Uno de ellos señaló que en Job 38:13 se dice que Dios «ocupe los extremos de la Tierra y eche fuera a los malhechores». Esto implica, razonaba el erudito, que puesto que la Tierra tiene «extremos» que se pueden «ocupar», tiene que ser un cuadrado plano. Otro sabio rechazaba esta interpretación y llamaba la atención sobre Isaías 40:22, donde se dice que «está Él sentado sobre el círculo de la tierra». ¿No es esto prueba de que la Tierra es redonda? En la práctica, esto significaba que los estudiosos buscaban el conocimiento mientras pasaban años en escuelas y bibliotecas, leyendo cada vez más textos y aguzando su lógica para poder entenderlos correctamente. La revolución científica propuso una fórmula muy diferente del conocimiento: CONOCIMIENTO = DATOS EMPÍRICOS × MATEMÁTICAS. Si queremos conocer la respuesta a alguna cuestión, en primer lugar necesitamos reunir datos empíricos relevantes y después emplear herramientas matemáticas para analizarlos. Por ejemplo, para estimar la forma real de la Tierra, podemos observar el Sol, la Luna y los planetas desde varias localidades repartidas por todo el mundo. Una vez hayamos reunido suficientes observaciones, podremos recurrir a la trigonometría para deducir no solo la forma de la Tierra, sino también la estructura de todo el sistema solar. En la práctica, esto significa que los científicos buscan el conocimiento mientras pasan años en observatorios, laboratorios y expediciones científicas, acopiando cada vez más datos empíricos y aguzando sus herramientas matemáticas para poder interpretarlos correctamente. La fórmula científica del conocimiento condujo a asombrosos descubrimientos en astronomía, física, medicina y numerosas disciplinas más. Pero tenía un inconveniente enorme: no podía abordar cuestiones de valor y sentido. Los eruditos medievales podían determinar con absoluta certeza que asesinar y robar está mal, y que el propósito de la vida humana es cumplir los mandatos de Dios, porque así lo decían las escrituras. Los científicos no podían emitir estos juicios éticos. No hay cantidad de datos ni hechicería matemática que pueda demostrar que asesinar está mal. Pero las sociedades humanas no pueden sobrevivir sin estos juicios de valor. Una manera de superar esta dificultad era seguir empleando la vieja fórmula medieval junto con el nuevo método científico. Cuando nos enfrentamos a un problema práctico (como determinar la forma de la Tierra, construir un puente o curar una enfermedad), acopiamos datos empíricos y los analizamos matemáticamente. Cuando nos enfrentamos a un problema ético (como determinar si hay que permitir el divorcio, el aborto o la homosexualidad), leemos las escrituras. Esta solución fue adoptada en cierta medida por numerosas sociedades modernas, desde la Gran Bretaña victoriana al Irán del siglo XXI. Sin embargo, el humanismo ofrecía una alternativa. Cuando los humanos adquirieron más confianza en sí mismos, apareció una nueva fórmula del saber ético: CONOCIMIENTO = EXPERIENCIAS × SENSIBILIDAD. Si queremos conocer la respuesta a una cuestión ética, necesitamos conectar con nuestras experiencias íntimas y observarlas con la mayor de las sensibilidades. En la práctica, esto significa que buscamos el conocimiento invirtiendo muchos años en acopiar experiencias y aguzando nuestra sensibilidad para poder comprender dichas experiencias correctamente. ¿Qué son, exactamente, las «experiencias»? No son datos empíricos. Una experiencia no está hecha de átomos, moléculas, proteínas o números. Por el contrario, es un fenómeno subjetivo que incluye tres ingredientes principales: sensaciones, emociones y pensamientos. En cualquier momento concreto, mi experiencia comprende todo lo que perciba (calor, placer, tensión, etcétera), cualquier emoción que sienta (amor, temor, ira, etcétera) y cualesquiera pensamientos que surjan en mi mente. ¿Y qué es «sensibilidad»? Significa dos cosas. En primer lugar, prestar atención a mis sensaciones, emociones y pensamientos. En segundo lugar, permitir que estas sensaciones, emociones y pensamientos influyan en mí. Doy por hecho que no debo permitir que cualquier brisa pasajera me lleve. Pero debo estar abierto a nuevas experiencias y permitir que cambien mis puntos de vista, mi comportamiento e incluso mi personalidad. Experiencias y sensibilidad se retroalimentan en un ciclo que nunca acaba. No puedo experimentar nada si no tengo sensibilidad, y no puedo desarrollar sensibilidad a menos que esté expuesto a una diversidad de experiencias. La sensibilidad no es una aptitud abstracta que pueda desarrollarse mediante la lectura de libros o asistiendo a conferencias. Es una habilidad práctica que puede madurar únicamente si se aplica a la práctica. Tomemos como ejemplo el té. Empiezo bebiendo té corriente y muy dulce por la mañana mientras leo el periódico. El té es poco más que una excusa para proporcionar a mi cuerpo un subidón de azúcar. Un día me doy cuenta que, entre el azúcar y el periódico, apenas saboreo el té. De modo que reduzco la cantidad de azúcar, dejo el periódico a un lado, cierro los ojos y me centro en el té. Al instante empiezo a registrar su aroma y sabor únicos. Pronto me encuentro experimentando con diferentes tés, negros y verdes, y comparando sus sabores fuertes y exquisitos y sus buqués delicados. Pasados unos meses, abandono las marcas del supermercado y compro el té en Harrods. Me gusta en particular el «Té de excremento de panda», de las montañas de Ya’an en la provincia de Sichuan, hecho con hojas de árboles de té fertilizados con el estiércol de pandas. Así es como, de taza en taza, perfecciono mi sensibilidad con el té y me vuelvo un entendido. Si en mis primeros días de bebedor de té me hubieran servido té de excremento de panda en una taza de porcelana de la dinastía Ming, no lo habría apreciado mucho más que un té común en una taza de papel. No se puede experimentar algo si no se tiene la sensibilidad necesaria, y no se puede desarrollar esta sensibilidad a menos que se experimente una larga sarta de experiencias. Y lo mismo que acabamos de decir del té puede afirmarse de todo el conocimiento estético y ético. No nacemos con una conciencia ya preparada. A medida que transcurrimos por la vida, herimos a otros y otros nos hieren, actuamos de manera compasiva y otros nos muestran compasión. Si prestamos atención, nuestra sensibilidad moral se agudiza, y estas experiencias se transforman en una fuente de valioso conocimiento ético acerca de lo que es bueno, de lo que es justo y de quién soy en verdad. Así, el humanismo ve la vida como un proceso gradual de cambio interior, que lleva de la ignorancia al esclarecimiento por medio de experiencias. La finalidad superior de la vida humanista es desarrollar completamente nuestro conocimiento a través de una gran variedad de experiencias intelectuales, emocionales y físicas. En los inicios del siglo XIX, Wilhelm von Humboldt (uno de los principales arquitectos del moderno sistema educativo) dijo que el objetivo de la existencia es «una destilación de la más amplia experiencia posible de la vida en sabiduría». También escribió que «Solo hay una cumbre en la vida: haber tomado la medida en sentimiento de todo lo que es humano».   Este bien podría ser el lema humanista.

Según la filosofía china, el mundo se sostiene por la interacción de fuerzas opuestas pero complementarias llamadas yin y yang. Puede que esto no pueda aplicarse al mundo físico, pero sí al mundo moderno que ha sido creado por el contrato entre la ciencia y el humanismo. Cada yang científico contiene en su interior un yin humanista, y viceversa. El yang nos proporciona poder, mientras que el yin nos proporciona sentido y juicios éticos. El yang y el yin de la modernidad son la razón y la emoción, el laboratorio y el museo, la cadena de producción y el supermercado. La gente suele ver solo el yang e imagina que el mundo moderno es árido, científico, lógico y utilitario: igual que un laboratorio o una fábrica. Pero el mundo moderno también es un supermercado extravagante. En la historia, ninguna cultura ha concedido nunca tanta importancia a los sentimientos, los deseos y las experiencias humanas. La concepción humanista de la vida como una serie de experiencias se ha convertido en el mito fundacional de numerosas industrias modernas, desde el turismo al arte. Los agentes de viajes y los chefs de restaurantes no nos venden billetes de avión, hoteles y cenas sofisticadas: nos venden experiencias nuevas. De forma parecida, mientras que la mayoría de las narraciones premodernas se centraban en acontecimientos y actos externos, las novelas, las películas y los poemas modernos suelen girar alrededor de sentimientos. Las epopeyas grecorromanas y las aventuras caballerescas medievales eran catálogos de hazañas heroicas, no de sentimientos. Un capítulo contaba cómo el valiente caballero luchaba contra un ogro monstruoso y lo mataba. En otro capítulo se relataba cómo el caballero rescataba a una hermosa princesa presa por un dragón que escupía fuego y lo mataba. Un tercer capítulo narraba cómo un malvado hechicero secuestraba a la princesa y cómo el caballero perseguía al hechicero y lo mataba. No sorprendía que el héroe fuera invariablemente un caballero, en lugar de un carpintero o un campesino, porque los campesinos no realizaban hazañas heroicas. De manera significativa, los héroes nunca experimentaban ningún proceso importante de cambio interno. Aquiles, Arturo, Roldán y Lanzarote eran guerreros intrépidos que ya tenían una visión caballeresca del mundo antes de que emprendieran sus aventuras, y seguían siendo guerreros intrépidos con la misma concepción del mundo al final. Todos los ogros que mataron y todas las princesas que rescataron confirmaron su coraje y perseverancia, pero en último término les enseñaron pocas cosas. Que el foco humanista se centrara en los sentimientos y las experiencias, en lugar de en las hazañas, transformó el arte. A Wordsworth, a Dostoievski, a Dickens y a Zola les importaban poco los valientes caballeros y sus proezas, y en cambio describieron cómo se sentía la gente corriente y las amas de casa. Algunas personas opinan que el Ulises de Joyce representa el apogeo de este foco moderno en la vida interior en lugar de en los actos externos; en 260 000 palabras, Joyce describe un único día en la vida de los dublineses Stephen Dedalus y Leopold Bloom, que a lo largo de la jornada hacen…, bueno, no demasiado. Pocas personas han leído el Ulises de principio a fin, pero los mismos principios socalzan también gran parte de nuestra cultura popular. En Estados Unidos, a la serie Survivor a menudo se le ha atribuido (o culpado de) convertir la telerrealidad en una moda. Survivor fue el primer reality que llegó al primer puesto de los índices de audiencia Nielsen, y en 2007 la revista Time lo incluyó entre los cien mejores espectáculos televisivos de todas las épocas.  En cada temporada, se aísla a veinte aspirantes ataviados con la mínima expresión de traje de baño en alguna isla tropical. Allí tienen que enfrentarse a todo tipo de retos, y en cada episodio votan para echar a uno de sus miembros. El que queda último se lleva un millón de dólares a casa. En la Grecia homérica, en el Imperio romano o en la Europa medieval, esta idea habría resultado al público familiar y muy atractiva. Entran veinte contendientes y solo sale un héroe. «¡Maravilloso!», habría pensado un príncipe homérico, un patricio romano o un caballero cruzado mientras se sentaban para contemplar el espectáculo. «A buen seguro vamos a ver aventuras increíbles, luchas a vida o muerte, y actos de heroísmo y traición incomparables. Probablemente los guerreros se apuñalarán por la espalda, o desparramarán sus entrañas para que todos lo vean». ¡Qué decepción! Las puñaladas por la espalda y las entrañas desparramadas se quedan solo en metáfora. Cada episodio dura alrededor de una hora. De esta, quince minutos los ocupan anuncios de dentífricos, champú y cereales. Cinco minutos se dedican a desafíos increíblemente infantiles, como quién es capaz de lanzar más cocos a una canasta o quién consigue comer el mayor número de bichos en un minuto. ¡El resto del tiempo, los «héroes» solo hablan de sus sentimientos! Él dijo y ella dijo, y yo sentí esto y yo sentí aquello. Si un caballero cruzado se hubiera sentado ante un televisor para ver Survivor, probablemente habría agarrado el hacha de combate y habría destrozado el televisor, aburrido y frustrado. En la actualidad podemos pensar que los caballeros medievales eran brutos insensibles. Si vivieran entre nosotros, los enviaríamos a un psicólogo, que podría ayudarlos a entrar en contacto con sus sentimientos. Esto es lo que hace el Hombre de Hojalata en El mago de Oz. Recorre el camino de baldosas amarillas con Dorothy y sus amigos, confiando en que cuando lleguen a Oz el gran mago le dé un corazón, mientras que el Espantapájaros quiere un cerebro y el León desea valor. Al final de su viaje descubren que el gran mago es un charlatán y que no puede darles nada de eso. Pero descubren algo mucho más importante: todo lo que desean ya está en ellos. No se precisa ningún mago divino para obtener sensibilidad, sabiduría o valor. Solo tenemos que seguir el camino de baldosas amarillas y abrirnos a cualesquiera experiencias que nos encontremos. La misma lección, exactamente, aprenden el capitán Kirk y el capitán Jean-Luc Picard mientras recorren la galaxia en la nave espacial Enterprise, y Tom Sawyer y Huckelberry Finn mientras descienden por el río Mississippi, y Wyatt y Billy mientras conducen sus HarleyDavidson en Easy Rider, y otros muchos personajes en miles de películas de viajes por carretera que se salen de su pueblo natal de Pennsylvania (o quizá de Nueva Gales del Sur), viajan en un viejo descapotable (o quizá en un autobús), viven varias experiencias que les cambiarán la vida, se encuentran a sí mismos, hablan de sus sentimientos y al final llegan a San Francisco (o quizá a Alice Springs) como individuos mejores y más sabios.